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Mujeres esclavas

Hace mucho tiempo  que dejé de pronunciar la palabra puta. Fue después de conocer la historia de una chica colombiana que tras muchos años de infierno consiguió abandonar su condición de esclava sexual. Su historia, la misma que la de tantas otras mujeres, pasaba por un engaño. Vino a España creyendo que trabajaría como recepcionista en un hotel y que conseguiría los ingresos suficientes para sacar de la miseria a su hija de dos años y a su madre, con quien dejaba a la pequeña para embarcarse en la aventura.  Nada más llegar le quitaron el pasaporte y después de tenerla dos días encerrada en una habitación, sin poderse comunicarse con nadie, le “invitaron” a mantener relaciones sexuales. Ella se negó y recibió una tremenda paliza, además de la amenaza de asesinar a su madre y a su niña si no colaboraba. A partir de ahí y durante nueve años se estuvo acostando cada noche con entre cinco y diez hombres. A muchos de ellos les
contaba la historia de su esclavitud. Y más de uno le juraba que le ayudaría. Pero ninguno volvió.. Probablemente si analizáramos el perfil de esos hombres, encontraríamos entre ellos padres de familia cariñosos, buenos trabajadores y, sin duda, seguidores apasionados de su equipo de fútbol. Y posiblemente nos enteraríamos también de que se habían ido de putas, “solo” para celebrar, por ejemplo,  los goles de su equipo, que esa semana jugaba en Madrid. A ellos sí les llamo puteros. Son esos tíos que besan a sus niñas en la frente  y que luego se meten en los burdeles y retozan con otras niñas a las que desprecian porque las consideran putas y de las que prefieren no conocer sus  circunstancias. Sin ellos no habría prostitución, ni tampoco esclavitud. Pero gracias a ellos, ese negocio es uno de los más rentables del mundo. La sociedad se tapa la cara. E incluso hay partidos que pretenden que legalizando la prostitución el problema
se acaba. Pero lo cierto es que no se puede legalizar lo que no es trabajo sino indignidad y menos aún hacerlo sabiendo que el 95 por ciento de las personas que lo llevan a cabo son esclavas. Ojalá las nuevas medidas consigan al menos mover las conciencias e inciten a algunos grandes gestos como el de este periódico en el que escribo, que no contribuye al tráfico de seres humanos con lucrativos páginas de anuncios de contactos. Menos es nada. Y nada, ni esperanza, es lo que tienen las mujeres esclavas.

 

La Razón

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