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Amores tardíos

Es difícil resistirse al amor cuando se tienen veinte, porque la pasión física arrasa. A los treinta, porque uno cree que no llegará jamás otro amor como el que se vive. A los cuarenta porque aparece ese demonio del mediodía que alerta de que la vida ya anda por la mitad, casi obliga lanzarse a los brazos del amor. A los cincuenta porque no se puede creer que algo así pueda pasara cuando ya no se espera. A los sesenta porque tal vez es el último tren. Y en adelante, porque es imposible frenar todo aquello que ocurre en el tiempo extra. El amor es ese no sé qué irrenunciable y da igual a la edad que llegue: siempre hay justificación para dejarse llevar.  Eso sí ¿cómo se sabe que es amor y no otra cosa? Mi amigo Javier Sádaba, filósofo extraordinario me dijo una frase que llevaba el copyright de su hijo: Cuando hay atracción física es pasión, cuando la atracción es intelectual es admiración, cuando hay atracción económica es interés y cuando no se sabe qué tipo de atracción hay, es amor… ¿Será amor, el amor de Isabel y Mario? ¿Entre ellos habrá esa corriente inexplicable que va más allá de los intereses de todo tipo? Alguien pensará que es muy importante, pero la realidad es que la vida es una ley de compensaciones e intercambiar intereses, siempre que sea sin dañar al contrario, es igual de lícito que amar con ese amor verdadero que no se sabe de dónde vino y que jamás se puede decir cuándo se irá. Oscar Wilde solía asegurar que los matrimonios solo funcionan cuando uno no está enamorado de su marido/mujer. Y puede que haya cierta razón en sus palabras malévolas de cínico recalcitrante. Cuando se ama mucho, con ese amor incontrolable que amenaza con desvanecerse cuando lo haga la pasión, es imposible pretender que todo se sostenga por los siglos de los siglos sobre los mismos mimbres…Cuando se llega a ese otro amor que puede resistir distancias, olvidos y que incluso deja la carne para después de la complicidad y no a la inversa es más fácil que todo pueda mantenerse. Es verdad que, en esos amores tardíos, amenazan otros fantasmas (la enfermedad, la muerte…) pero, diantres, qué más da, si en realidad tales espectros existen y acechan en cualquier momento de la vida. No seré yo quien le fastidie la fiesta a estos amantes exquisitos que tanto color han dado a las páginas de sociedad y a las vidas de tantas gentes con amores muertos, dichosas de poder amar, a través de los amores tardíos de otros, por mucho que haya quien los critique.

 

La Gaceta de Salamanca

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