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Los muertos no vuelven

Hoy, después de que tres personas, una familia casi al completo (los padres y una hija con discapacidad) se haya quitado la vida, me vuelvo a preguntar si el suicidio es una tragedia evitable. Repaso esas cifras  que casi nunca se revelan y me  vuelvo a sorprender. ¿Cómo que cada cuarenta segundos una persona se quita la vida? ¿Cómo que las muertes en el mundo ascienden a ochocientas mil? ¿Cómo que en España se producen unos diez suicidios diarios? Los números son sorprendentes. Sobre todo porque no se suele hablar de suicidio. Ni en la prensa ni en la vida. Más allá de la pésima consideración religiosa, con condena incluida para los suicidas, está esa especie de desprecio a la supuesta cobardía de quien se quita la vida, o quizás el miedo implacable de que uno pueda llegar hasta ese umbral de dolor. Es cierto que conviene (o al menos eso se dice) no señalar exhaustivamente el fenómeno del suicidio porque, al parecer, es contagioso;  pero conviene no ignorarlo. Y no solo en casos excepcionales como el de los suicidios organizados en familias, comunidades o sectas, sino entre personas solas a las que las vida les pesa demasiado, por mucho que no entendamos por qué. Hay que mirar con cien ojos alrededor, prestarle atención a los nuestros y no echar en saco roto sus advertencias. Hay suicidas que piden ayuda a gritos y no encuentran quien les escuche. Y el que se suicida no vuelve, pero el que se queda y piensa que, quizás, podría haber evitado el suicidio, no lo olvida jamás. Así estará hoy el hijo de la familia muerta. Y también sus allegados. Los muertos, sencillamente, ya no están.

La Razón

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