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Agresores de perros

Hace poco menos de un mes, mi sobrina Gabriela paseaba a sus dos perritas (yorkshire) por la calle cuando un grupo de jóvenes como ella, liderado por un tal Benjamín, aparecieron en la lontananza. Uno de los dos canes, la perrita de nombre India, para más señas, corrió simpática a su encuentro para saludarlos. Benjamín la cogió y cuando su dueña pensaba que iba a acariciarla vio con sorpresa y horror cómo la levantaba todo lo que daba su brazo y la estampaba contra el suelo, entre las risas de sus compinches. La propietaria del animalito, entre lágrimas y quejas de su perra, la recogió, la tomó amorosamente entre sus brazos y corrió con ella al veterinario que la hizo una cura de urgencia, y le dijo que volviera para hacerle las pruebas pertinentes.La chica buscó al agresor de su perra y le pidió responsabilidades y éste le aseguró que la cosa había sido sin querer, que se le había caído y que no se preocupara, que él se haría
cargo de lo que hiciera falta, con tal de que la perrita quedara otra vez en plena forma. Por desgracia, las promesas de los villanos, malvados, hijos de su madre, que no de ninguna perra buena y cariñosa, como India, se las lleva el viento a la velocidad del rayo y, en cuanto supo que el precio de su fechoría, de la que había derivado una luxación en la cadera de la perrita agredida, era de mil euros, se retiró del partido. ¿Pagar yo? Debió pensar el hombrecillo sin escrúpulos que, envalentonado por su juventud y las risas fáciles y tontas de sus colegas, sacó lo peor de si mismo para agredir cobardemente a un pobre bicho indefenso.Por desgracia, ya saben, estas cosas son lo que son. Es decir, aunque la prueba del delito sea la férula que lleva la perra, y la intervención a la que la van a someter –que no sabe cómo va a poder pagar, su dueña- pues el tal Benjamín dirá que él la tiró desde menos distancia, que no pasó nada, que la lesión será de otra cosa y sus amiguitos, cómplices irremediables, se verán contagiados de cobardía y no dirán ni mú. Y el asunto quedará en que su dueña, mi sobrina Gabriela, que haría cualquier cosas por sus perras, se empeñará hasta la nariz con tal de poder operarla y tendrá que encontrarse una y otra vez con los agresores de India, que viven o pasean por su zona y que caminaran impunemente por la calle, exhibiendo como pavos su capacidad para hacer el mal a quien no se lo puede devolver y quedar impunes.

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