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Jugarse la vida

Perdonen ustedes que no comprenda la diversión que encierra jugarse la vida corriendo delante de un toro, pero me temo que me resulta imposible. Lo confesé en los Sanfermines y no puedo dejar de reafirmarme después de que, desde principios de julio hasta ahora, haya ido viendo perder la vida en acontecimientos taurinos a nueve personas. No sé dónde está el chiste de correr delante de unos cuernos, que pueden acabar resultando mortales, pero empiezo a pensar que es que hay algunos que le ven la gracia precisamente a eso, a jugarse la vida. Algo sucede en esta sociedad nuestra en la que parece que las dosis de adrenalina que da el riesgo al límite son incomparables para tantos. Porque no solo hay quien  se pone a prueba hasta el máximo en el asunto de los toros, también tenemos los que se suben a las montañas más altas descalzos, los que vuelan sin red o los que  se tiran de los puentes. Por ejemplo. Entiendo lo del reto y la superación. Eso de  demostrarse a uno mismo que puede forzar la propia maquinaria para conseguir superar una prueba física -no hay mayor gloria que la que se consigue con las propias manos y los propios pies, decía Homero-, pero de ahí a exponerse hasta el último grado, me parece que hay un trecho, que debería marcar la cordura. Hombre si uno se gana la vida con el asunto, pues todavía…, pero si lo compromete todo solo por demostrarse que es capaz, pues, francamente, que quieren que les diga, me parece una estupidez y no me cabe en la cabeza. Y tampoco, ya que estamos, que de los riesgos de los aficionados a  la osadía como entretenimiento se tengan que ocupar los servicios públicos. No es que defienda que no haya que atender a sus heridas, pero caramba, si a uno le da por correr en un suelta en fiestas y tarda en llegar la ambulancia, que no se queje la familia, porque a lo mejor también ha tenido que ir a recoger a quien no hacía nada para caer en ella. Y si uno se abre el cráneo puente abajo, en medio del campo, que los suyos no le echen la culpa del fallecimiento solo a los servicios médicos si es que no logran salvarlo…. Cada palo que aguante su vela. Y cada mano su cirio. Porque a estas alturas del partido ya se debería saber que el tamaño de los palos debería depender del de las velas y que hay cirios que si se llevan mucho rato encendidos, queman.

 

La Gaceta de Salamanca

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