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Los libros de texto de mi infancia

Aún recuerdo el olor  de mis libros de texto de infancia. Sus páginas, sus colores, la forma en la que me contaban una historia que debía aprender y me mostraban un universo a conquistar… Eran , sin duda, el mayor aliciente al empezar el curso, después del reencuentro con los compañeros.  Aunque algunos  me  resultaban áridos e incluso inhóspitos, como los de matemáticas, o me obligaban a romperme la sesera, como los de física, otros, como los de historia o literatura, me trasladaban a escenarios sensacionales donde parecía posible vivir extraordinarias aventuras. Aún recuerdo con especial emoción mi primer libro de Filosofía y el asombro al aprender sobre la separación del cuerpo y el alma de la mano de Platón o descubrir que la virtud según Aristóteles, solo lo era si implicaba un esfuerzo personal. Aquellos libros de texto que empezaban las clases impolutos, con su olor a nuevo y su forro de plástico transparente pegado con celo, eran los mismos que acababan a final de curso repletos de dibujos geométricos trazados durante alguna clase aburrida para matar el tiempo y olvidados en un rincón durante años, hasta que al fin alguien se decidía a tirarlos. Entonces, como ahora, tampoco era fácil que pasaran de hermano en hermano, porque  los planes de estudios cambiaban de un año para otro. Los padres se quejaban como ahora lo hacemos nosotros. Y los editores, como ahora, hacían equilibrios para no aumentar demasiado los precios. Solo que entonces, aún no existían los problemas de lo digital; pero tampoco sus ventajas, que  aumentarán cuando el tiempo  regule su uso y los libros de texto físicos de antaño,  no encuentre ya más espacio que la memoria.

 

La Razón

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