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Revisiones médicas

Estamos tan acostumbrados a verlo en las películas, a escucharlo en boca de otros y a vivirlo desde la barrera que pensamos que forma parte de la vida, sí, pero no de la nuestra, gracias a Dios. Y de pronto, un día, sin previo aviso, de sopetón, tras una revisión rutinaria, y de idéntica manera a la que nos han mostrado en incontables ocasiones, en la ficción o en la realidad, va y, zas, nos toca en carne propia. “Señora, tiene usted un bulto  sospechoso en la mama…” En ese momento es como si nos desdoblásemos y nos convirtiéramos literalmente en dos. Uno que aún piensa “esto no va conmigo” Y otro que mira desde el otro lado lo que está sucediendo, con una angustia sorprendida que, en cuestión de minutos, o tal vez de horas, se convierte en un torrente de ansiedad. A partir de ese anuncio, en las pruebas posteriores, los días se llenan de silencios y de reflexión. No hay que contar nada que no sea. Para qué asustar. Mejor esperar que ponerse en lo peor. Pero, racionalidades aparte,  mientras, quien lo sabe, alguien cercano y querido,  vaga desde la distancia corta por la estela del miedo, que comparte, y que es inevitable a la sombra de un posible cáncer. Los “y si” aparecen como espadas de Damocles en las conversaciones y el tiempo se empeña en pasar a paso de tortuga hasta el día de resultados. Ese en el que el médico dice que “esto es lo que hay” y lo detiene todo, hasta el mismo aire, o que anuncia que “todo era benigno”, dejando que la vida vuelve a fluir, como un regalo…

 

La Razón

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