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Ardua tarea

Hay casos y casos. Los hay de malvados que acaban con sus huesos triturados en un desfiladero, tras torturar a inocentes, que no despiertan la compasión de nadie. Son casos que, si no se aplauden, se justifican de manera inevitable. ¿Cómo no alegrarse de la rebeldía de la víctima de un maltrato?¿O cómo no ponerse del lado del judío de Auswichttz que acuchillo por la espalda al mismo carcelero que metió en el horno a su hijo de seis años?  Hay casos y casos. Y algunos, aunque no esté bien hacerlo(¿o sí?), sacan de nosotros nuestras más oscuras ansias de venganza. El caso de Asunta es uno de ellos. Un episodio oscuro en el que los padres adoptivos parecen tan culpables pese a sus obligatorias lágrimas de juicio, que es casi imposible no desear que ardan en el infierno. Una niña muerta, pruebas de premeditación tan feas como orfidales o cuerda, meses de testimonios de infelicidad de la cría… Sin embargo, esa madre que ahora llora en el juicio y que fumaba y reía nada más morir su hija podría no haber sido la asesina. Y también podría no serlo ese padre cuyas huellas de ADN se encontraron en la ropa de Asunta. Esos padres podrían haberle dado a su hija antihistamínicos y no ansiolíticos. Y podrían también no haber sido demasiado buenos padres, pero no ser los asesinos… La Justicia deberá determinarlo. Y contará para ello, con el criterio de un jurado, que deberá borrar de su memoria cuanto vio en las noticias para no equivocarse y salvar a quienes mataron a la niña o condenar a quienes no lo hicieron… Ardua tarea. No quisiera verme en su pellejo.

La Razón

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