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Cuando no hay alternativa

Ha muerto Andrea. Y en su caso, desde luego, ha dejado de sufrir. Porque la vida es un valle de lágrimas, pero para unos mucho más que para otros. Andrea ha fallecido cuatro días después de que el juzgado aceptara la sedación y la retirada del alimento. No es que haya muerto de inanición –ya saben que un ser humano puede estar sin comer mucho tiempo y si no, váyanse a África y compruébenlo-, sino de lo suyo de su enfermedad degenerativa y asesina, acelerada por la sedación. Muchos no entendían y criticaban a los médicos, pero hay que comprender: ellos también son humanos y tampoco les gusta ser los que administren la medicación que, de manera indirecta, provoque una muerte. Sobre todo porque, en temas terminales, ha habido mucha contradicción en las consideraciones sociales y los médicos son especialmente cautos. Y casi mejor, porque en sus manos ponemos todos nuestro ser. Lo cierto es que el final de la historia ha sido, digamos, feliz, más allá de la infelicidad de la muerte inevitable de una niña. Y me refiero a que, gracias a la decisión judicial, que ha hecho posible  tanto la retirada de la alimentación como la sedación, hay ya un precedente en estos asuntos tan delicados que es importante atreverse a legislar. A ninguno nos gusta hablar sobre la muerte, sea en las condiciones que sea. Pero es preciso hacerlo en sociedades como la nuestra donde a veces la búsqueda del bienestar  confunde los conceptos. Tras este episodio podemos empezar a saber, creencias religiosas siempre respetables al margen, que si no hay más alternativa que la muerte, es mejor que sea indolora y digna. Discutirlo, es una tontería.
La Razón

 

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