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“El gusto, la moda y todo eso, lo tienes o no lo tienes”

SILVIA TCHERASSI, diseñadora de moda y empresaria

Silvia Tcherassi no es una mujer colombiana al uso. Es decir, no tiene una melena lacia y oscura de esas que le solemos adjudicar a las bellas latinas, junto con unas caderas cimbreantes. Ella es rubia, menudita, delicada y de permanente sonrisa. Pero ese aspecto más internacional, no le resta ni un ápice de la luz que tantos hombres juran que irradian sus compatriotas ¿A qué se debe? “Bueno –dice Silvia-, yo pienso que las mujeres colombianas son mujeres inteligentes, muy seguras, y que se valoran a ellas mismas. Creo que todo lo que ha sucedido en nuestro país durante años nos ha hecho más fuertes”. Pues si Escarlata sacaba la fuerza de la tierra roja de Tara, está claro que Silvia la saca de su Barranquilla natal, o más aún de Cartagena de Indias. En esa bellísima ciudad ha montado un precioso hotel con spá,  incluido entre los mejores del mundo, en el que, además, por puro compromiso medioambiental, ha plantado con su madre la parte de los árboles de Macondo que estaban en proceso de extinción, y ha recopilado plantas de diferentes especies en su jardín vertical.  Tcherassi acaba de aterrizar en Madrid, donde desde hace mucho quería abrir una tienda. “He desfilado en la semana de la moda de París y de Milán durante seis temporadas, pero siempre pensaba que quería entrar a Europa por Madrid igual que entré a EEUU por Miami.  Tanto Miami como Madrid son ciudades multiculturales, hay gente de todas partes entrando y saliendo. Miami además es un hotspot, o sea que geográficamente, con un clima tan bueno, mejor imposible… Y Madrid, además de que está lo de la madre patria, es una ciudad muy cosmopolita. Y la mujer española es muy abierta, tiene mucho instinto, recibe bien. Pero, más allá de las estadísticas, creo mucho en lo que siento cuando llego a un sitio” Silvia es una mujer de sensaciones. Pero también de enorme talento no solo artístico, sino también empresarial, que le ha hecho ser capaz de abrir diez tiendas en Colombia, dos en Miami y una en Madrid, además de ese hotel, donde combina sus dos pasiones: la decoración y el diseño…¡ Y empezó con unas camisetas! “Eran unas camisetas normales que yo adornaba con retales de cuero. Divertidísimas. Empecé a usarlas yo y mis amigas se enamoraron de ellas. Y luego las amigas de mis amigas…Así empezó la historia. Ahora somos una empresa familiar. Mi mamá es mi socia y trabajamos juntas, pero también trabaja mi hermana, mi esposo y alguno de mis hijos que ya se graduó en la universidad. Y es una delicia. No tiene precio trabajar con la familia.” Silvia trabaja mucho. Sin descanso, pero está claro que le gusta lo que hace y que es una mujer llena de iniciativas y de un gusto innato. “Es que yo pienso que gusto, la moda y todo eso, es algo que no se aprende, que lo tienes o no lo tienes”.  Debe ser. Aunque por suerte el mundo ya está lleno de estilistas que aconsejan, sobre todo a quienes tienen que pisar las alfombras rojas.  “Sí, pero a mí me impresionan esas celebridades que de pronto ves en un red carpet maravillosas, gracias a sus estilistas, y que luego, en un aeropuerto, parecen otras… En mi libro, “Elegancia sin esfuerzo”, digo que si la elegancia supone un esfuerzo no es elegancia. La tienes o no. Va más allá de un vestido bonito y unos buenos modales. Va en la manera de respirar, de caminar, de percibir, de mover las manos” Y supongo que se puede dar en cualquier lugar del mundo, claro. Aunque no sé si la elegancia latina y la europea siempre convergen…”Hoy para mí el mundo es más global. La mujer hoy está aquí y mañana está allá. Aunque yo creo que la mujer latinoamericana es más vanidosa que la europea. Y hay tres tipos: la que se viste para ella, la que se viste para el marido, como la mexicana,  y la que se viste para los demás. A las mujeres que se visten para ellas mismas las conoces enseguida, porque su ropa interior es bien cuidada y porque cuidan mucho más lo interno que lo externo. Pero mis diseños son globales: yo creo que el lenguaje de la moda es único”. Más allá de su necesidad de rodearse de cosas bellas, está el compromiso de Silvia Tcherassi y es un compromiso bien potente. “Tenemos a cincuenta madres de familia trabajando en nuestra planta de operaciones. Parece mentira pero ellas, las mamás, son las que sostienen el hogar económicamente. Creemos mucho en ellas. Además hago parte de la campaña de Unicef, donde mi logo durante la última presidencia en Colombia era “mas arte y menos minas”. Hablamos largo rato de cómo mezcla Silvia la moda con el compromiso, y de lo mucho que le gusta que sus colecciones cuenten historias de árboles, de mosaicos de París,  o incluso de los platos exóticos de la cocina fusión, y me cuenta que, hace tres años, Lauren Santo Domingo la invitó a intervenir,  junto con otros diseñadores como Valentino o Armani,  una de las mochilas de Wayuu de su país, de los indígenas del norte.  Ella la intervino con cristales Swarovski y, en la subasta, fue la primera que se vendió. “Luego seguí haciéndolas para apoyar a la comunidad indígenas. Martha Stewart se enamoró de una de ellas , me invitó a intervenir una en su programa en directo en Nueva York, y desde entonces están en todas mis colecciones. Es el trabajo de las indígenas llevado a la máxima expresión de lujo.Es un manera de devolverle a la vida que me ha dado tanto. Y además para mí es un respiro. O te atrae o no te atrae ¿no?”

PERSONAL E INTRANSFERIBLE

Silvia Tcherassi nació en Barranquilla, puro caribe colombiano.  Se siente orgullosa de ver crecer a sus hijos y de cómo ha crecido su empresa. No se arrepiente de nada: “no se trata de arrepentirse sino de tratar de hacer las cosas mejor”. Perdona y olvida fácil:  “tal vez tengo tantas cosas que lo que me perturba lo echo a un lado”. Llora “con cualquier cosa. Lloré muchísimo en ET” y trata de reírse mucho y de que “la vida sea un carnaval, como Celia Cruz” A una isla desierta se llevaría “ante todo un buen bloqueador” y un buen libro. Le gusta la comida italiana y cocinar cosas simples que prepara siempre con bonitos colores y moviendo condimentos, y el vino blanco o, de pronto, una ginebra. Se sube a la balanza a pesarse todos los días y, dependiendo del peso, se viste de una manera u otra. Su vicio es “el chapstick para los labios ”. Sueña recurrentemente con que le persigue un perro. De mayor querría hacer lo mismo que hace ahora y si volviera a nacer “no tengo ni idea de cantar pero me fascina el público y subirme a un escenario… E imagino la delicia de estar allá, en un concierto y ver todo hacia abajo”

 

La Razón

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