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Terroristas infiltrados

Leía ayer en este  mismos periódico las palabras del misionero salesiano  en Oriente Medio Alejandro José León Mendoza, sobre Siria. Y más allá de su dolor, de la angustia por una guerra provocada que ha convertido a Asad en el mar menor, con un bloqueo económico que solo favorece al Estado Islámico (Mendoza dixit), su discurso me hizo reflexionar sobre ese peligro real de las infiltraciones de terroristas entre los refugiados. Las mismas a las que aludió nuestro ministro y que provocaron las iras progres de algunos que, poco más o menos, decían que, aunque fueran terroristas, también debían ser acogidos en una Europa de chicle, que ha de estirarse a gusto de quienes enarbolan la bandera de la Alianza de las Civilizaciones. Perdónenme que me ría de Janeiro al ver estas actitudes tan políticamente correctas y tan rematadamente absurdas. Las mismas incapaces de reconocer, porque no se lleva, que la cultura europea tiene raigambre cristiana, y de derribar una iglesia al tiempo que construyen una mezquita. Hay que respetar las religiones, claro. O no. Hay que respetarlas, más bien, en tanto en cuanto respeten al ser humano. La historia de siempre es reclamar que los musulmanes que lleguen a nuestros territorios, de base cristiana , se animen a no imponernos  sus normas y a acatar a las que obliga la Constitución, sin que exigirlo suponga un atentado contra los “buenos principios”. Y también que el Estado se cerciore de que quienes entran en nuestro país, en calidad de refugiados o inmigrantes, estén dispuestos a hacerlo o a largarse.  Así se excluirán furibundos, entre los que, que nadie se rasgue las vestiduras, se suelen esconder los profesionales de la infiltración terrorista.

La Razón

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