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No quiero ser Siria

Que no se me revuelvan los buenistas, los falsos y los hipócritas. Que no se echen las manos a la cabeza y me empiecen a dar lecciones, con su sonrisita ridícula y compasiva. Y que no se les ocurra señalándome con el dedo, como si fuese la culpable hasta de la muerte de Manolete. Yo no quiero ser Siria.

Y no quiero serlo, no porque ser sirio signifique ser es tupido, malvado o terrrorista, como me dijo un tuitero, sino porque ser siria sí implica, en un altísimo porcentaje, llevar velo. O burka. Por ejemplo. O que exista mutilacion genital. O tantas otras locuras  que parecen ser consustanciales a otras culturas distintas a la occidental. La mía. Por la única que lucharía con uñas y dientes. “Con sus defectos y mis reproches”, que diría Oscar Wilde, pero para mí, la mejor. La que me permite caminar sola por la calle, vestirme como me da la gana, perfumarme, hacer ejercicio , trabajar, divorciarme, recasarme, ver cualquier peli, leer lo que me apetece, quejarme, reivindicar y, en definitiva, tener los derechos de una persona libre y con capacidad de decidir, sin que nadie me llame fornicadora, o pretenda censurarme o amargarme la vida,  e incluso arrancármela de cuajo, por desobediente. No quiero, convencer a nadie de que lo mío es lo mejor (aunque me encantaría que lo descubrieran) Pero sí quiero que me lo respeten. Y que me dejen disfrutarlo.

Y ahora, que salgan todos los políticamente correctos, como chinches expansivos y ruidosos de dos caras,  a decir lo respetables que son todas las costumbres del mundo.  Pues miren, no. Las hay que no son nada respetables. Pero absolutamente nada. No lo es que las mujeres sean ciudadanos de segunda, ni que no puedan discutir, ni que las tiren a la calle o las quemen cuando enviudan  ni que las apedreen si son infieles o tantas otras cosas que me  duele solo mencionar.

Ya sé, ya sé. Hay gente buena en todas las culturas y todas las religiones, pero a veces lo son pese a sus reglas. O por que se las saltan. O porque se van de donde las escriben con renglones torcidos, a otros lugares con normas distintas. Es decir que pasan de su mundo al nuestro. En caravanas de las máximas plazas y entusiasmados de encontrarse, por fin, con la perspectiva de un futuro distinto, y con unos derechos que reclamar y en los que ampararse. Bienvenidos sean, desde luego. Los recibiremos con los brazos abiertos.., siempre que no pretendan cambiarnos. Y que estén dispuestos a asumir que nuestros comportamientos, aunque les parezcan extraños, son los que hemos diseñado cuidadosamente durante siglos. Por los que hemos peleado…y que no los pensamos abandonar. Yo no quiero ser Siria. Que me dejen ser europea.

 

La Gaceta de Salamanca

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