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Marchando una de regalos

Nosotros somos más de Reyes Magos que de Santa Claus, por el asunto de las tradiciones culturales y religiosas, mezcladas pero no necesariamente agitadas, como el Dry Martini de James Bond.  Pero llevamos mucho tiempo importando toda suerte de celebraciones americanas. Entre ellas,  la de Papá Noel. Al parecer fueron los inmigrantes holandeses, creadores de esa ciudad que primero se llamó Nueva Amsterdam y posteriormente Nueva York, quienes transformaron a Sinterklaas, su patrono, en Santa Claus, y lo pusieron a repartir regalos. Y aunque nosotros tardamos más que otros países europeos en adoptarlo, por nuestra devoción a los de Oriente, a estas alturas del siglo XXI, quien se lo puede permitir en España celebra ambos y se deja el sueldo entre las dos fechas.  O no. Porque hay también quien recicla presentes a troche y moche; quien acepta sin esfuerzo los regalos, pero jamás los corresponde, o quien tiene un gusto pésimo y se gaste lo que se gaste parece que no se ha gastado ni dos perras. Elegir un regalo adecuado, pensando en la satisfacción de quien lo va a recibir es un acto de generosidad. Y regalar cualquier cosa, no solo es egoísta, sino también bastante cutre.  Y no tiene nada que ver con el dinero, pero sí mucho con el interés y el ingenio.  ¿Recuerdan ustedes aquella película en la que el protagonista regalaba el mismo corazón a su mujer y a su amante? Le delató que confundió los nombres grabados.  Más allá de su infidelidad, su mayor pecado fue la dejadez y la falta de imaginación. La misma que tantos suplen con regalos caros. Y no hay que confundirse: lo importante no es su valor, sino que sean dedicados.

 

La Razón

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