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Cabezonería política

Cada vez entiendo menos de Política. O mejor dicho, de políticos. O puede ser que lo que tengamos ahora sea cualquier cosa menos políticos. Véase el caso de don Arturo. Artur Mas para los amigos y conocidos. Ese hombre que quería por encima de todo un proceso independentista para su autonomía, liderado por su propio partido, pero que es incapaz de quitarse de en medio a sabiendas de que él es el mayor obstáculo para tratar de conseguirlo. La CUP,un partido que  personalmente tampoco entiendo nada, porque ni soy pro independentismo, ni creo que en estos tiempos se pueda ser antieuropeo, entre otras muchas cosas, no quiere que, a la cabeza de un Gobierno respaldado por ella, haya un President que no solo no sea “molt honorable”, sino que no sea honorable en absoluto. Y eso sí que lo comprendo bien. Porque Mas, lo quiera o no,  está  muy señalado en asuntos de corrupción. Sin embargo, como si su actitud fuera de valientes, en vez de lo contrario, dice con chulería, bien madrileña, por cierto, que “tengo ganas de plantar cara”. Vamos que no piensa dar un paso atrás, ni para tomar impulso. Y parece que puede hacerlo, aunque eso implique unas nuevas elecciones, porque nadie en su partido se atreve a toserle, ni a decirle: “pero hombre, vete ya, que esto no puede seguir así”. La cabezonería de los políticos sin vocación de servicio les suele costar muy cara a sus partidos y al electorado en general. Por eso me pregunto si en Madrid andarán tomando buena nota. Porque los acuerdos implican muchas cosas, pero entre otras ceder. Y a lo mejor en el caso del Gobierno central no se trata de señalar al mandamás (o sí, nunca se sabe), pero sí, desde luego, de empezar a pensar en un Gobierno con más independientes, e incluso con socialistas y ciudadanos,  y con ministerios ubicados no solo en Madrid, sino quizás también en las autonomías de Cataluña o el País Vasco, que le pese a quien le pese, siguen siendo tan españolas como Madrid. Repartir un Gobierno, hacerlo más abierto, dejar que quepan en él más opciones de pensamiento, además de enriquecerlo puede llevar a evitar que no se pueda llegar a ningún acuerdo y que hayan de convocarse, de nuevo, unas elecciones que, por lo que parece,  podrían repetir la demanda de los españoles: una España que no pertenezca a nadie, que sea de todos y en la que todos tengan cabida.

La Gaceta de Salamanca

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