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El valor de la amistad

Una llega a un almuerzo de amigas pensando en que hablará del pan y la sal. Y por qué no, del tiempo. Pero hay un momento, de pronto,  en el que aparecen, vete a saber cómo, las sombras de la historia compartida,. Resultan vagas, puras anécdotas, quizás tonterías, pero  guardan en si mismas viejos rasguños, que jamás depararon en rencores,  pero que se elevan en la conversación como si tuvieran la importancia de la que jamás gozaron. Vamos que, en la confianza, surgen los equívocos que pueden, en un instante, prender fuego a los espacios más valiosos,  construidos durante años. Las amistades son tesoros inciertos, que nadie sabe a qué guardianes confiar. Se valoran mucho o a veces nada, hasta que se pierden. Y es entonces cuando se sabe lo importantes que fueron. Hoy, que se acaba el mes, y que ha llegado la zozobra a un almuerzo con mis mejores amigas – y por suerte ha perdido la partida-, no pienso en la política, ni en la economía o los problemas grandes y pequeños. Pienso en  la amistad y en los incontables momento felices que les debo a los  amigos. Ellos me han enseñado a apreciar el talento ajeno, a aplaudir las opiniones contundentes  que no dañan a los demás, a reírme gracias al humor que se utiliza como arma en las más duras batallas  o a conocer la importancia de pedir perdón tras las faltas grandes y pequeñas.  Y será porque mañana es 31 de enero y hará un año de su muerte, pero hablo de amistades valiosas  y no puedo dejar de recordar a José Manuel Lara. Allá donde estés, querido amigo, gracias, una vez más, por tu impagable amistad.

La Razón

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