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Igualdad

Los hechos de Colonia invitan cuando menos a la reflexión. No se trata ya de deliberar sobre si entre los refugiados e inmigrantes cabrán terroristas o malvados. Eso es tan indiscutible como que también los hay en los países que los reciben. Sin embargo, si hay un asunto que parece que nadie se atreve a tratar. No es solo la religión la que favorece un trato desigual a las mujeres, sino, sobre todo, la educación recibida a lo largo de los siglos en los países de procedencia de estos hombres que, por definición, se niegan a considerar a la mujer como una igual, por más que lo establezcan las constituciones europeas. Si entre nosotros seguimos lidiando con  reductos de machismo y de violencia contra las mujeres, después de décadas de defender, por escrito y en la legalidad, la igualdad de varones y hembras ¿cómo vamos a manejar la realidad de unos recién llegados que, literalmente, desprecian esa actitud igualitaria? La lucha por la equiparación de derechos en el mundo occidental lleva más de un siglo y, aún así, no ha fructificado del todo. En los países de estos refugiados e inmigrantes ni siquiera ha comenzado, así que ellos llegan a nuestros territorios convencidos de esa superioridad masculina que se niegan a abandonar. Podemos hacer dos cosas: o retroceder con ellos o invitarlos a seguir nuestro paso, si les es posible, y si no a largarse por donde han venido. El resto serán palabras, dentro o fuera de los parlamentos y más o menos bonitas, pero palabras. Y obras son amores y no buenas razones y más en casos como el que nos ocupa, donde se necesita que los gobiernos hagan algo y lo hagan ya.

La Razón

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