No es que a mí me guste todo, pero les aseguro que me divierten las estéticas creativas y siempre me ha dado más grima el exceso de cursilería, que todo lo que tiene que ver con la naturalidad y la modernidad. Me gustan los tatuajes, la ropa superpuesta, los hombres con pelo largo, las coletas masculinas y hasta los moños y las barbas de los hipsters o incluso, si están convenientemente cuidadas, las rastas.  Y desde luego, tengo muy claro desde hace mucho, que llevar traje y corbata no garantiza oler a rosas, ni vestir con vaqueros, zapatillas  y sudaderas lo contrario.  Los tópicos –debe ser porque soy rubia y mujer y los llevo soportando toda la vida- son los que siempre me han olido a muerto, y trato de evitarlos a toda costa, como también los prejuicios. Todo esto viene a cuento del Congreso, donde, como saben, ahora caben otras indumentarias y peinados. Cosa que a mí me parece perfecta, siempre que, se ponga lo que se ponga, quien se lo ponga, respete a los demás y haga su trabajo como corresponde. Un trabajo que, por otra parte, debe ser muy facilito, porque se puede realizar con un niño de cinco meses en los brazos. Además de aprovechar para volver a decir que me parece que el hemiciclo, con tanto germen de adulto reunido –independientemente de cómo vaya vestido o peinado-, no es el lugar más adecuado para tener a un bebé durante horas, insisto en subrayar la falta de complejidad del trabajo. Con franqueza: no creo que pudieran compatibilizar el  suyo, con el cuidado de un niño, una cirujana, una conductora de autobús, una profesora o una barrendera…