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La buena voluntad

Que lo de llegar a acuerdos, que es para lo que están de políticos, les cuesta una jartá está fuera de duda, pero lo peor es lo que esgrimen para no alcanzarlos. A saber.  “Yo con éste de ninguna manera porque  el pueblo quiere cambio”. “Yo con el otro menos, por lo de la corrupción,”” Yo con aquel, ni de broma, porque no tiene nada que ver conmigo en cuestiones económicas”.  Y yo me pregunto ¿acaso se creen que no hay más partidos y votos que los de cada uno de ellos? Tengo que contarles un secreto, señores políticos de temporada: los españoles han repartido sus votos entre diferentes partidos ¿lo sabían? Eso significa que aunque uno diga que el otro es lo peor, debe aceptar que ese a quien señala, anda respaldado por un porrón de votos. Y que lo mismo pasa, en mayor o menor medida, con los que andan echando órdagos a diestra y siniestra. El verdadero problema que queda patente en la inviabilidad de los acuerdos ,y en las barbaridades que por el camino van soltando unos y otros, es que los políticos piensan que los votos, como los escaños, son suyos. Para llevárselos a casa y ponerlos encima de la tele y que nadie se los quite más en toda la vida. Pero no, miren, no. Los votos son solo la voz del pueblo convertida en confianza prestada por un plazo concreto y, generalmente, en estos tiempos, sin demasiada convicción.Por eso, verán, entiendo que a Sánchez le caiga como una patada Rajoy. Política y personalmente…, pero tiene que entender que a Rajoy, pese a todo –que es mucho ese todo, por cierto-, le respaldan millones de votos. Y Pablo Iglesias puede pensar que le puede dar lecciones a Sánchez, encerrarle en el callejón y hasta cortarle las astas antes de que salga de chiqueros…, pero Sánchez es la cabeza visible de un partido al que, de momento, han votado muchos más españoles que el suyo. El encaje de Rivera es el mismo: “Iglesias y yo no somos compatibles…”, pues oiga, dependerá de lo que digan los ciudadanos ¿no cree?Que los políticos se atrevan a personalizar, que no sean capaces de meterse el orgullo donde les quepa y que transmitan a los españoles que quieren gobernar a costa de lo que sea, incluido lo que ha dicho el pueblo en las urnas, es una tragedia. La misma que hace pensar que entre los cambios fundamentales que se necesitan en esta tierra, es el de la ley D’Hondt, que requiere voluntad de acuerdos y en general buena voluntad, de la que parece que nosotros  -o al menos nuestros políticos- carecemos.

 

La Gaceta de Salamanca

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