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Maldito sea el que piense mal

Ahora que transitamos por un clima de desconfianza permanente, donde mirar al de al lado con cierto recelo es casi obligatorio para no sentirse un imbécil, se me viene a la cabeza el lema de la Orden de la Jarretera inglesa, escrito en el escudo heráldico del Reino Unido y también en el del cielorraso de la abadía de Bath. Y por cierto, en francés, porque por aquel entonces, en el siglo XIV ya ese idioma empezaba a reemplazar al latín como lengua extendida entre la clase alta de la época y  muchos reyes  posteriores seguirían con la copla después. Pero, al grano. Cuenta la tradición que andaba un día Eduardo III de Inglaterra bailando con la Condesa de Salisbury, vaya usted a saber dónde, cuando, de pronto, la liga de esta se deslizó como si tuviera vida propia hasta su tobillo. Los que rodeaban a la pareja, como era de esperar, esgrimieron sus sonrisas malignas al segundo  y se aprestaron a clavarlas como espadas en el ánimo de la Condesa, para hacerle presa de la humillación. Al ver la actitud de los allí presentes, el rey, en un generoso acto de caballerosidad, se colocó la liga alrededor de su propia pierna y dijo ante el asombro de todos:  “Honi soit qui mal y pense” o lo que es lo mismo,  traducido literalmente del francés antiguo: “que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal”. La frase, que para los que saben francés, hoy se escribiría con una n más “honni soit qui mal y pensé”, quedo recogida a modo de inolvidable slogan, que yo suelo sacar a relucir cuando alguien me viene con una historia de otro y me invita a que azuce, con mi propio látigo, la crítica despiadada que me traslada. Entiendo que uno ha de ser cauto y no creérselo todo, que la ingenuidad anda a la baja y que frente a la bonita frase de la Orden de la Jarretera Inglesa esta ese refrán tan español de “piensa mal y acertarás”; pero ni aún en días como estos en los que los políticos se regalan miradas asesinas de descrédito y los ciudadanos les andan a la zaga, encuentro que la desconfianza sea buena compañera. Y menos aún en estos tiempos, donde  los dimes y diretes de antes, pasados por las nuevas tecnologías de ahora, ayudan al desencuentro de los amigos y hasta de los amantes y les hacen interpretar mensajes sin importancia con significados que pueden llevar hasta al asesinato de los sentimientos.  Es verdad que en el amor, como en la guerra, uno cree tan ciegamente en los suyos que a veces comete torpezas inexcusables, pero no hay mejor forma de convencerse de las realidades que la de mirar a los ojos de las personas queridas. Eso sí, no está de más comprobar si el grado de amor o entendimiento es el mismo. Más que nada para no desconfiar, si no corresponde, pero para que no le tomen a uno por tonto perdido si lo tiene que hacer, que a veces también pasa.

 

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