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Un universo particular

Siempre que me hablan de autismo, recuerdo a mi prima, autista, y pienso en ese mundo interior suyo, en el que se gestan historias tan diferentes a las del resto de los mortales. Y trato de comprender, una vez más, como no, sin suerte, lo incomprensible para quien lo vive desde espacios ajenos. Los autistas moran en su universo propio y particular. De una u otra manera, con su grado bajo, medio o  alto, habitan esa torre o ese túnel al que no se puede acceder del todo, por mucho que se pretenda. Cuando se les ama, de manera inevitable, pese a su distancia y a veces incluso por ella, se intenta la cercanía que, para desesperación de quienes los rodean y supongo  que también  de ellos mismos, aunque es difícil de saber, no se consigue jamás por completo. Hay un espacio inapelable de separación donde crecen los miedos, imagino que de ambos. De los propios autistas, incapaces tantas veces de salir de sus parcelas privadas, y de quienes están a su lado,  que tampoco pueden penetrar en ellas, por mucho que lo procuren. Con todo, y aunque a veces no lo parezca, los autistas sienten y padecen tanto o más que quienes los observan, los miran y los quieren. Ellos, por su parte, también  aman, lo sé. Incluso aunque no lo puedan demostrar. Su amor, como ellos mismos, es diferente, intangible e indeterminado, pero hermoso y delicado,  como su compañía. Como cualquier sonrisa suya, por breve que sea. Como cualquier manifestación mínima de cuanto sucede en su interior, que es mucho, por más que sea tan difícil de descubrir.

La Razón

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