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Verdades y mentiras

Tengo una amiga que dice que ella no miente jamás y la temo. Cada vez que me la encuentro por la calle intento cruzarme de acera y cuando coincidimos en algún sitio huyo hacia el extremo contrario, no vaya a ser que se empeñe en decirme la verdad. Porque hay verdades, oigan, que si no se preguntan, son innecesarias. Más aún son reprobables, sobre todo si hacen daño. Pero sucede que también hay mentiras que causan el mismo efecto o incluso un mal aún mayor. A saber, no es necesario que se diga toda la verdad sobre el aspecto físico, cuando no es el mejor, y menos aún si no se pregunta, pero sí es necesario que no se mienta en cuestiones de confianza. Mentir cuando se ocupa un lugar en el que se exige transparencia, claridad y verdad es, además de una torpeza terrible, porque las mentiras, ya lo dicen los italianos, tienen las patitas muy cortas, el preludio de las hecatombes. Y más aún cuando, como suele ocurrir con cierta frecuencia, se esconden en montañas de mentiras, preparadas sobre la marcha para tratar de justificar las primeras que se contaron. El tema viene al caso, por las mentiras del ya ex ministro Soria, convertido en el ejemplo de lo que no se le puede consentir a un representante de la sociedad: contar milongas. Los expertos en gestión de crisis  recomiendan anticiparse a las malas noticias y exponerlas antes de que se descubran; pero si en algún caso alguien se ve preso de su propia mentira, la única salida honrosa es contrarrestarla con un buen mea culpa y, ahí sí, diciendo la verdad y nada más que la verdad.

 

La Razón

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