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Despedidas de solteros

Voy por la calle y, de pronto, aparecen cuatro chicas vestidas de –no sé qué- con un sombrero adornado con un pene descomunal sobre cada una de sus cabezas. Se ríen mucho. Creo que deben haberse bebido hasta el agua de los floreros ayer, porque las risas son más tontas que de costumbre y, además, van acompañadas de un griterío que no hay quien lo aguante. Al otro lado de la ciudad, o del mundo, vete a saber, porque ahora los jóvenes, dependiendo de sus presupuestos, se las gastan así, habrá unos chicos que serán la parte masculina de esta historia. Y esta historia no es otra más que la de una despedida de solteros del siglo XXI. Servidora que se ha casado un par de veces, una en el siglo pasado y otra en este,  aún no es capaz de comprender a qué viene tanta estupidez. Tiene gracia lo de despedirse de la soltería, supongo, aunque yo nunca lo haya necesitado, pero desde luego no parece nada divertido hacerlo cociéndose en alcohol y volviéndose imbécil del todo. Esa manía de vestirse, además, con disfraces ridículos o soeces, perdónenme, estaré mayor, pero me resulta del todo incomprensible. Y esas ganas de divertirse por divertirse, para contarlo, digo yo, al día siguiente, me resultan de una idiotez sin parangón. Pero es que, además, hay veces que tanta risa barata y mentirosa es el preludio de una desgracia con sus lloros correspondientes. La última atañe a la muerte de un novio que se cayó desde la habitación de un hotel, tras su despedida de soltero, en Gijón, el pasado domingo por la mañana. Imaginen como deben estar las familias de los novios que encima tuvieron que enfrentarse a pensar si  se trataba de un suicidio. Parece que no. Parece que solo fue producto de  los restos del naufragio de una noche de dudosa diversión. No digo yo que haya que prohibir este tipo de celebraciones, líbreme Dios o el demonio en el que últimamente creo casi más; pero desde luego si habría que evangelizar a los chicos y decirles que no es obligatorio hacer el memo para divertirse, ni empaparse en alcohol, ni pasarlo tan bomba siquiera. Incluso, si me apuran, que no es preciso caer en la bobada de una despedida de solteros. Que a veces está de más. Y si no lo está, maldita sea, que la disfruten, claro, pero sin tanta majadería y más aún sin el riesgo inevitable que se acomoda en esos comportamientos sobre los que no se tiene control.

 

La Gaceta de Salamanca

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