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El último hombre tecnológicamente libre

Hace unos meses,  un amigo que presume de ser  “el último hombre tecnológicamente libre”  se quejaba de que el resto de  la humanidad era presa de la tecnología de vanguardia. Para combatir tal realidad,  él desaparecía de cuando en cuando, se mudaba al mundo del pasado y, según aseguraba,  permanecía sin mirar ni los correos durante semanas. El mismo raro espécimen, sin Whatsapp, ni Facebook ni Twitter  y con un zapatófono  de los 90 precisaba que las sensaciones, los sentimientos y  otras cosas del querer, no eran argumentos  para redes o mensajes y ni siquiera se permitía escribir cartas electrónicas con nada que apuntase al corazón.  Pero, como ya saben ustedes que los propósitos están para dejar en ridículo a quien se los tatúa en el entendimiento, mi amigo, en el final de una relación, frágil como todos, se vio enviando y contestando correos y llamadas, para ver si entre él mismo y su replicante novia, conseguían encontrar el camino para salvar la amistad tras el naufragio. El “ahora sí, ahora no” sin verse cara a cara, duró cosa de dos meses, durante los que él, viendo que aquello se les iba de las manos, propuso, elegante, un almuerzo con bandera blanca, en el que, aún a riesgo de sentir llamaradas al mirarse a los ojos, se jurasen, por fin, amistad eterna, tras haber descartado para siempre el amor. Ella aceptó.  Sin fecha para la cita,  los ex amantes se siguieron intercambiando  cartas electrónicas hasta que la chica, deseando concluir la tortura, le rogó que concretara de una vez el día del encuentro. A él entonces le entró el pánico o la desgana (ni él mismo lo sabía) y ni siquiera se atrevió a llamarla por teléfono.  Se sentó al ordenador escribió un correo para justificar su cambio de opinión  y la despachó, en ocho líneas justas, enviadas, ay,  a través de Internet. La chica las leyó, lloró un poquito, escribió varias cartas larguísimas, las borró y al final le  contestó en cuatro renglones : “Querido, dile por favor, de mi parte, al “último hombre tecnológicamente libre,” que hay ciertas cosas que es de mala educación contar a través de las nuevas tecnologías, que le sugiero que se lea el último libro de Marta Robles y Carmen Posadas “Usted primero”, sobre buenas maneras y reglas no escritas…, y también que se vaya un poquito a la mierda.” “¿Qué te parece?- me preguntó mi amigo indignado y sin valorar tan contenida decepción. Yo sonreí halagada por la adecuada recomendación y respondí cómplice:  que deberías leer el libro, amigo mío. Que deberías leerlo…

 

La Gaceta de Salamanca

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