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La mala suerte

Hace algunos años escribí un ensayo sobre empresarios. En él, además de testimonios en primera persona, recogía  las cualidades que debían tener los emprendedores, que parecían haber cambiado muy poco desde la Edad Media, teniendo en cuenta lo que sobre ellos contaba en su libro, “El burgués”, Werner Sombarth, y también aquellas circunstancias necesarias para que sus ideas se convirtieran en realidades. Influían muchos factores como el talento o el trabajo pero la suerte era definitiva. O como me confesó alguno de ellos, la falta de suerte. “Si la suerte te da la espalda estás perdido”, me contaban poniendo cara de horror y cruzando los dedos, pese a ser más pragmáticos que supersticiosos. Sin embargo, la suerte, o mejor dicho la mala suerte, tiende a cebarse con los más desgraciados. Hay incluso una dramática canción colegial que lo describe. Y para nuestro horror cotidiano, la historia de la familia de la Mari lo refrenda. No sé si la conocen. Tres generaciones de familias hacinadas en una casa minúscula, atrapadas en un bucle de pobreza heredada, son descubiertas por este periódico y parece que las ilumina un rayo de esperanza, cuando la comunidad de Madrid decide ofrecerles una casa. La Mari recibe su llave, se encamina a su nueva vivienda con su familia y al llegar, sorpresa, la casa está okupada. Con k de okupa. Si a mí como escritora se me hubiera ocurrido este argumento, seguro que me habrían tachado de exagerada; pero ya saben lo de Wilde: “la realidad siempre supera la ficción”. Y en este caso, la muestra es contundente. Y desafortunadamente no tan rara. La pobreza se hereda. Y por lo que se ve, la mala suerte también.

 

La Razón

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