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Perros, niños, lactantes y demás intocables

Ayer por la tarde me llamó una de mis mejores amigas, medio perro como yo, y me puso a caldo a mi admirado Javier Marías. Resulta que el tío, con dos narices, se había atrevido a meterse con los canes, en su artículo dominical de El país.. ¿Habrase visto insensatez mayor? Mientras me lo contaba, notaba yo que se me retorcía el colmillo y que incluso tenía ganas de morder al escritor, en respuesta a tamaña desfachatez. ¿Qué le habrían hecho los pobres bichos para que, habiendo tanto imbécil por el mundo, hubiese decidido elegirlos como objetivo de su diana? Con el cuchillo entre los dientes y dispuesta a rebanarle el gaznate con un artículo de vuelta, busqué el texto del académico para leerlo con atención. Y hete aquí que, según iba leyendo, más de acuerdo con él me encontraba: ni pienso que todas las personas que tengan perro gocen de superioridad moral y sean mejores, ni opino que los perros –u otros animales- deban compartir todos los espacios con los seres humanos, ni creo que a los hombres poco responsables, debiera permitírseles tener perros que, a la sazón, pudieran volverse tan agresivos como sus dueños. Será por lo que sea, pero lo cierto es que atravesamos tiempos absurdos en los que cada vez se exige una corrección política más cercana a la idiotez.  Que ahora se antepongan los derechos de los perros a los de las personas es una tontería, pero no lo es menos que a los niños no los puedan regañar ni sus propios padres o que a las madres lactantes  se las impida elegir si dan el pecho o no a sus hijos, o durante cuánto tiempo quieren hacerlo, so pena de que se les cuelgue el cartel de “madres desnaturalizadas”. Está muy bien que la sociedad se vaya estructurando  en cuanto a los comportamientos de quienes pueden imponerse a otros (jefes, padres, madres o propietarios de animales), pero eso no quiere decir que, a partir de ese momento, los subordinados, hijos o bichos se vuelvan tan literalmente intocables que dificulten la convivencia razonable. Está claro que hay jefes terribles, padres imposibles, madres perversas  y propietarios de animales muy bestias,  que hay que controlar con legislación y con lo que haga falta; pero eso no significa que los subordinados se salten todas las reglas, que los hijos hagan lo que les de la gana, que los lactantes tengan que lucir barba para que sus madres sean aprobadas o que los bichos acaben ocupando los asientos de terciopelo de algún restaurante mientras sus dueños los esperan fuera, atados a la farola…

 

La Gaceta de Salamanca

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