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Feliz verano

Siempre que llego a Mallorca me da por pensar en el privilegio que es encontrar el lugar perfecto en esta isla donde tantos genios hallaron su destino. No desvelaré el mío, porque no tiene importancia, pero si el de uno de esos mallorquines de acogida, ilustres por tantos méritos, como fue el escritor Robert Graves. Parece ser que la también escritora Gertrude Stain le dijo “Mallorca es el paraíso, si puedes resistirlo” Y Graves se lo tomó en serio porque a los pocos meses atracaba en la bahía de Palma con su familia y ponía rumbo a uno de los rincones más bellos de la isla, el mágico pueblecito de Deià, en el corazón de la Sierra de Tramuntana. No sería el único creador que se dejaría embriagar por la belleza de ese lugar,  próximo a la los acantilados de una costa con vistas al más transparente Mediterráneo que , hasta los años 90, se vio invadido de pintores y otros artistas que querían rescatar el brillo de su luz para sus obras. Graves se construyo en 1932 su “Casa Lejana” (Ca N’Alluny) y allí vivió hasta su muerte, salvo en la Guerra Civil y en la Mundial, y se entregó a la historia y a los mitos y escribió alguna de sus obras más famosas, como Yo, Claudio o el Vellocino de Oro. La casa de Graves sigue en pie. Y tras años de abandono, ahora, reconvertida en museo, recibe al visitante en su jardín con el olor de los árboles cítricos que conviven con almendros, olivos y algarrobos y en el edificio con  muebles de la zona y cuadros típicos, además de con cientos de joyas: primeras ediciones  que amaban el escritor y a su pareja, la poetisa americana Laura Riding. Pero su recuerdo, no solo habita aquella casa. Graves, además, tuvo un  contacto continuo con Palma y visitaba semanalmente sus calles y terrazas, donde nunca pasaba desapercibido, tocado con su sombrero de indio navajo y con su cesta colgada al hombro”.  El escritor, nacido en Wimbledon en el siglo XIX vivió una juventud intensa entre el montañismo, las trincheras de la Gran Guerra y un matrimonio temprano con Nancy Nicholson, con quien tuvo cuatro hijos, pero hasta que no se encontró con Laura Riding, después de varias complicadas historias amorosas, no sentó la cabeza. Tal vez le ayudo encontrar un lugar alejado, sin más tentaciones que las de dejarse seducir por la belleza natural y zambullirse en la calma perfecta para escribir… De hecho, de no haberse “exiliado” por las siguientes guerras, igual no habría abandonado a Laura Riding para entregarse al amor de Bery Pritchar y tener otros cuatro hijos. Con todos ellos volvió a Mallorca a resistir ese Paraíso. Desde él, donde hoy me encuentro, feliz verano.

 

La Gaceta de Salamanca

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