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Un nuevo aplazamiento

La última y potentísima novela de mi siempre querida y admirada  Rosa Montero describe en sus primeras páginas los sentimientos de una mujer en una ruptura amorosa. Su soledad, su angustia, su ira, su desazón y hasta sus ganas de venganza. Lo normal. Los desamores son casi clónicos. Aunque quizás algo menos que los amores. Ya lo decía Tolstoi en el arranque de Ana Kareninna. “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo para sentirse desgraciada”. El caso es que este desamor que Rosa narra en “La Carne”(Alfaguara), cuenta entre sus particularidades con la de que la protagonista está a punto de cumplir 60 años, mientras que su ya ex amante tiene 40, y el escort que ella contrata para darle celos, 32. Hasta hace muy poco, esa diferencia de edad entre una mujer y un hombre (siendo ella la mayor) hubiera sido impensable; pero sobre todo nadie sospecharía que, con esos años, una mujer pudiera tener tantas ganas de sexo, de pasión, de sentirse sensual, de ser sexual… Antes, a los 60 años, las libidos de las mujeres se imaginaban muertas y enterradas. Y las de los hombres, algo menos por la desigualdad, pero también. Ahora todo ha cambiado y la vida tiene prórroga en el sexo y fuera de él. Se ve en las novelas y hasta en los Juegos Olímpicos, donde ya hay gimnastas rítmicas como Oksana Chisovitina que pasan de los 40, tenistas como Nestor David que también los han cumplido o nadadores de 31, como Michael Phelps, que siguen dejándonos boquiabiertos. El paso del tiempo sigue produciéndose, sí; pero por lo que se ve, los seres humanos hemos conseguido un nuevo aplazamiento.

 

La Razón

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