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Atrapados

Era la crónica de una “investidura fallida anunciada”. En el Congreso no caben las sorpresas, solo los rencores, las iras y la ignominia entre diputados, que se toleran las infamias sin pestañear. Todo sea por cobrar ese sueldo a fin de mes, que no se tambalea como los nuestros, ni cuando sus señorías no cumplen con sus obligaciones. Y llevan así desde diciembre pasado.  Supongo que  no les desvelo nada nuevo si les cuento que nos espera más de lo mismo, que nadie quiere ceder un milímetro ni bajarse de su estupidez y que lo más probable, salvo que el resultado de las elecciones vascas determine un cambio sustancial, que lo dudo, es que la segunda intentona de Rajoy vuelva a ser fallida y caminemos hacia unas surrealistas y navideñas terceras elecciones. Pero no importa. Él, ya lo saben, volverá a intentarlo. Las veces que haga falta. Lo mismo que Pedro Sánchez que creo que no cambiaría de discurso ni aunque el PP sacara mayoría absoluta (“Con un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar”, dijo el historiador inglés, Lord Acton). Estaba claro que los 170 escaños reunidos era una cifra razonable para un gobierno que hubiera tenido que resignarse a no hacer lo que le diera la gana, sino a consultarlo casi todo, como demandó el pueblo a través de sus votos; y también que una oposición a ese gobierno, obligado a consultar y pactar, hubiera sido incluso más poderosa de lo que resulta habitualmente.  Pero eso da igual. Aquí todo el mundo quiere el poder. El cetro de Ottokar. “El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio” advirtió Séneca. Yo aún diría más, como Hernández y Fernández ,y señalaría que los aspirantes al poder, por lo que se ve, deben aprender a odiar. Por desgracia, no hablo de un comic, ni de un juego. Esto no es una aventura de Tintín, sino la pura realidad. La misma donde se constata el odio que acompaña al poder o al deseo de conseguirlo. Ese odio interesado que bloquea las expectativas de que se cumplan los deseos de los ciudadanos que, por el contrario,  apuestan por  un congreso que alcance acuerdos y se de la mano. Sus señorías en cambio, prefieren lanzarse dagas envenenadas y dividir España entre buenos y malos. ¿Habrá alguien dispuesto a dar un paso atrás para sacarnos del bucle? No sean ingenuos. Ni ellos quieren, ni se lo permitirían sus adláteres. ¿Saben ustedes cuántas cabezas ruedan cada vez que un partido cambia de candidato?  Lamento decirlo pero si no hay nadie que de un golpe en la mesa, estamos atrapados.

 

La Gaceta de Salamanca

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