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El rayo verde

No me gusta nada ponerme cursi en la vida y en los artículos menos, pero en estos días de prosaico protagonismo político, atreverse a abandonar la senda establecida y hablar de algo tan supuestamente demodé, pero tan omnipresente como es el amor, que quieren, es un reto. Les explico a qué viene tocar ese asunto. Ayer en el programa Amigas y conocidas (TVE), Isabel Sansebastián bromeó con que sus amigos de adolescencia, cuando querían llevarla al huerto  le decían aquello de “te voy a llevar a ver el rayo verde”.  No era el momento de contarlo todo sobre ese fenómeno óptico que dicen se produce a la salida o la puesta del sol, durante el cual, se puede ver, durante un par de segundos, un destello verde al que, supongo, se referían los conquistadores amigos de Isabel; pero no pude evitar que se me escapara el nombre de Eric Rohmer, ese director de cine francés, ya fallecido, que hace más de veinte años estreno en España su película titulada, precisamente “El rayo verde”.  El filme trataba, como era de esperar, de ese prodigio color esperanza que, no sé ustedes, pero yo no he visto jamás, por muy real que sea. El caso es que, además de mencionarlo, se convertía en el eje de la historia, gracias a los poderes que le confería la novela que en su día escribiera el bueno de Julio Verne, según la cual, cuando uno ve el destello verde al atardecer,  los pensamientos se revelan  como por arte de magia y, si se hace en compañía , conducen inexorablemente al amor. En la película, los jóvenes tocados por la varita, acaban viendo juntos el rayo verde; pero en la novela la cosa tiene más enjundia, porque no se trata de una parejita, una visión maravillosa, la casualidad y el flechazo, sino de unos tíos que quieren casar a su sobrina con el hombre adecuado,  y, para conseguirlo, tratan de que vean juntos ese rayo verde que les hará enamorarse sin pretextos. No lo contaré todo, pero si diré que, por una vez, Verne le da la espalda a la Ciencia y apuesta por la Poesía, en un viaje sublime hacia el amor, no exento, eso sí, de cierta burla y caricatura, poco frecuentes en el habitual tono visionario del autor. El caso es que, oigan, fue escuchar “rayo verde” y ponerme melancólica pensando en un tiempo pasado donde esas rarezas tenían el valor de pretender enamorar milagrosamente. Ahora, ya saben, existe Tinder esa aplicación donde dos me gustan cruzados, creo, implican una invitación no sé si al amor, pero sí desde luego al sexo. Desconozco su color, pero verde, como el del rayo, seguro que no es.

 

La Gaceta de Salamanca

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