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Que aparezca pronto

La historia de Diana López-Pinel me llega a través de una amiga. Y, más allá de la desaparición de su hija, me suena muy conocida. He escuchado tantas veces a mujeres de todo tipo y de cualquier estrato social relatar casi lo mismo que, cuando mi amiga me pide que me ponga en contacto con Diana y que la escuche, no solo no me puedo negar, sino que lo considero obligatorio. Sé a lo que me arriesgo. Sé que,  en los malos divorcios, con las inquinas de por medio, hay a quien le da por matar al mensajero. Pero más allá de que me asuste el caso, por feo y  por triste, creo que mi deber es darle voz a Diana, con el cuidado y respeto que merece. Y con la solidaridad femenina, también. Porque me puedo equivocar, y sé que no siempre las mujeres llevamos la razón, pero son tantas las veces en las que nos toca la peor parte, que no puedo evitar creerla. Ese mal matrimonio quedará para el recuerdo. Pero deseo, de corazón, que el destino la rescate, y  que ni su esperanza inquebrantable ni su intuición la traicionen y Diana esté bien, allá donde esté, y  aparezca pronto.

La Razón

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