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Un año después de Aylan

Un zapatito, un manguito de plástico, un chupete, una camiseta con dibujo infantil…Hace un año murió ese pequeño sirio llamado Aylan y el mundo entero se estremeció  al ver su cuerpecito inerte sobre la arena, besado por las suaves olas que alcanzaban una playa maldita. Desde  ese día aciago y esa foto implacable, que dejaba constancia del imparable horror en Siria, al menos 423 menores han muerto ahogados en el Mediterráneo, tratando de llegar a Europa. Refugiados, inmigrantes, todos huyen de su guerra particular, de las bombas o del hambre, de los disparos o de la imposibilidad de encontrar un medio de supervivencia.Y todos ponen rumbo a una Europa que ya no sabe cómo comportarse. Aterrada por los atentados, asfixiada por la crisis económica y en medio de un difícil proceso de cambio, en el que espera encontrar su camino, la vieja Europa trata desesperadamente de modernizarse sin perder su esencia. Pero en ella estaba el ser hospitalaria, justa y cabal y favorecer la libertad, la igualdad y la fraternidad. Difíciles premisas en un mundo amenazado donde hacer o no hacer, siempre tiene consecuencias. Mientras unos exigen un número concreto de entradas de personas que escapan de los infiernos otros reclaman prudencia, contención u otra fórmula, tal vez la de intervenir en los países desesperanzados, para intentar convertirlos en escenarios donde la vida sea posible. Pero en tanto se decide qué hacer, las muertes siguen sucediéndose y los cuerpos de tantos Aylanes, o las huellas de sus sueños rotos:  sus zapatitos, sus manguitos, sus camisetitas o sus chupetes, desparramadas en las orillas, nos convierten en cómplices de un mundo siniestro y nos dejan un agujero en la conciencia difícil de rellenar.

La Razón

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