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El naufragio

Lo del PSOE ha sido la crónica de una ruptura anunciada. Se veía venir desde hace mucho. Demasiados egos, demasiadas contradicciones, demasiados imposibles en la agenda. Pedro Sánchez avanzó hacia las alturas, dicen, por obra y gracia de un empujón de Rubalcaba que, también dicen, le puso la zancadilla poco después, justo en los comienzos. Estas cosas pasan, ya se sabe. Los cercanos son los que más hacen reír y llorar. Con todo, según fue pasando el tiempo, aún sin el beneplácito de muchos, Sánchez fue encontrando su hueco y su público. Rajoy le dejó un espacio de visibilidad al cederle la opción de formar Gobierno, aunque fuera descabellado pensar en conseguirlo contando al tiempo con Ciudadanos y Podemos. Ni los malos resultados de las primeras elecciones y el fracaso en su intención de gobernar desanimaron a un Pedro Sánchez que, aún después de empeorar sus resultados en las segundas elecciones, siguió manteniendo una de esas bonitas posturas para la utopía. O lo que es lo mismo un “no” a todas las cosas, con vocación de encontrar el camino del sí a él mismo, a quien ya habían dicho “no” en las urnas. La cosa tenía que estallar. Primero porque el PSOE está en horas bajas desde hace tiempo y tiene incontables  escisiones internas y segundo porque el hartazgo de un absurdo empezaba a asustar incluso a los políticos. No se puede frenar todo con una mano, no se puede colocar a un país entero en stand by durante un período de duración indeterminada. En las tertulias, ese “no es no y no” (no a esto, a aquello otro y también a lo demás) hacía que los opinadores se planteasen si después de unas terceras elecciones  cabrían unas cuartas o incluso unas quintas…El disparate debía concluir. Sin embargo no sabíamos que lo haría con otro aún mayor. Los Ferrazinos  o mandamases de Ferraz y del PSOE se armaron hasta los dientes y se hartaron de intercambiarse balazos y cuchilladas. Una auténtica y tramposa guerra civil. Un odio entre hermanos y dos facciones repartidas entre los de Sánchez y los otros, entre el no y la posible abstención. Tras la batalla, los zombies, muertos vivientes aún con la sangre pegada a las mandíbulas, acertaron a proclamar la grandeza de su partido y la importancia de permanecer en él… Pero su no es no, se les notaba en la mirada. El mismo de muchas voces que aún siguen reclamándolo e incluso amenazando con hacerse un PSOE a la medida si el que queda en Ferrar insiste en abstenerse. La sombra de Sánchez es alargada. Él lo sabe. A lo mejor por eso mantiene la sonrisa y el escaño. Y no se siente ni un poco responsable del naufragio.

 

La Gaceta de Salamanca

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