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Solo la voz de Pablo Iglesias

Nunca me gustó especialmente el discurso de Pablo Iglesias, pero he de reconocer que hubo momentos, al principio de su aparición en la política, donde lo encontré brillante desde el punto de vista intelectual. Su destreza verbal y su puesta en escena estudiada al milímetro me arrancaron algunos minutos de admiración, por qué no reconocerlo, aunque viera el fondo de su vaso tan vacío como sus palabras demasiado populares y a la medida de cualquier situación. Sin embargo, desde entonces hasta ahora, Iglesias ha ido mermando a mis ojos. No es que ya no me interese lo que cuenta o cómo lo cuenta, es que ahora no solo no me interesan sus palabras sino que, definitivamente, tampoco las respeto. Porque no todo es respetable, oigan.  Y que un político defienda el boicot agresivo a otro político y que lo considere una muestra de “salud democrática” me parece inaceptable y bochornoso.Como seguro saben,  me refiero a esa protesta de un grupo numeroso de jóvenes encapuchados que impidió al ex presidente del Gobierno Felipe González pronunciar una conferencia en la Universidad Autónoma de Madrid hace pocos días, que el líder de Podemos si no impulsó, como dicen algunos, desde luego sí aplaudió. Verán, además de parecerme de una falta de inteligencia considerable el no querer escuchar a quien no piensa como nosotros –la principal tarea de un político es la de escuchar, aprender, comprender y, en todo caso, batallar contra el discurso contrario con otro discurso hasta conseguir un acuerdo entre el propio y el ajeno- es que atenta contra los pilares del sistema que defendemos los españoles, es decir, la Democracia. Puede que el Sr. Iglesias no crea en la democracia. De muchas de sus declaraciones a lo largo de sus apariciones incesantes en los medios se podría deducir que es así. Incluso que él añora otros tipos de gobiernos más dictatoriales desde los que conducir impositivamente los destinos del pueblo y controlar, qué paradoja, hasta esos medios que le auparon al poder; pero sí es así, realmente, debería advertirlo, para que los españoles que le sigan sepan a qué atenerse y lo que les esperaría en el hipotético caso de que Iglesias alcanzara el poder.  Aunque dadas sus  últimas actuaciones cada vez parece más claro: Iglesias quiere  violencia, fotos, ruido…, todo aquello que no deje de ver su falta de contenido eficiente y sobre todo que disimule la realidad de sus deseos de gobernar en otro régimen, en el que solo puedan hablar, pensar, vivir y hasta soñar “los afines al partido”, y el resto acabe convertido en una sombra de si mismo. Una dictadura, vamos, en la que se silencien las voces distintas y solo se oiga una, ya saben,  la de Pablo Iglesias.
La Gaceta de Salamanca
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