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Adiós, Castro, adiós

Hay quien aún cuenta la historia de Castro como la de un revolucionario repleto de ideales, que liberó a la isla de sus amores, de la prisión yankee. Y está claro que allá por 1959 Cuba no atravesaba sus momentos de máxima justicia y las diferencias sociales la habían depositado en manos de algunas fortunas cubanas y otras tantas americanas. O sea que, tal vez era el momento para ordenar las cosas de otra manera. Sucede sin embargo, que a los que les da por reorganizar, no sé por qué siempre pretenden hacerlo con mano de hierro y barriendo para casa. Es decir,  en vez de devolverle la libertad a las personas menos favorecidas, acaban recortándosela aún más si cabe y, eso sí, hacen lo propio con los demás. O sea, consiguen que nadie vuelva a ser libre. Yo tuve mi época, allá por la adolescencia, en la que hablaba de Castro como si fuera un líder carismático y pensaba que él había conseguido lo que bien pocos en la América hispana, que era dar de comer al pueblo y procurarle educación y sanidad. Luego entre bloqueo y bloqueo, visité, de muy joven, esa Cuba desamparada ya de la URSS, y todo me hizo temblar. No solo la pobreza repartida me asustó, sino también la terrible desigualdad entre locales y visitantes, por más que los visitantes fueran unos patanes que casi no sabían leer y los locales tuvieran tres carreras. No solo me impactó todo, empezando por ese bicho, el F1 Holstein, base de la alimentación de una tierra sin producción de nada, sino que me dejó noqueada el miedo de tantos a hablar conmigo, por periodista, las prostitutas visibles en el malecón, la gente buena implorando que cualquier visitante  con corazón le comprara una lavadora en esas tiendas, en teoría solo para turistas… Navegar en un barco con dos tripulantes ingenieros, que no podían comer el mismo menú, por el mero hecho de ser cubanos, compartir sus ganas de salir de Cuba, para siempre o para un rato, cercenadas sin derecho por un dictador ,o   ver al comandante y la azafata de un avión escondiendo los embutidos del buffet del desayuno en el bolso, en un país en el que, supuestamente “comían todos” me  convenció de que aquel régimen no sólo no era la panacea, sino que, además, era la cárcel de las ilusiones. Más aún, la cárcel de los derechos y las reivindicaciones, donde cualquier queja se escondía entre barrotes y era susceptible de ser acallada con un disparo. Las loas de tantos intelectuales durante años, acabaron por retirarme la fe en muchos de sus discursos y el mantener contacto con algunos isleños me hizo pensar que, pese a las cosas buenas, innegables, era imprescindible que Cuba apelara a su  libertad. Lástima que, muerto Castro, quede otro Castro, y esa libertad soñada no parezca estar ni remotamente cerca.

 

La Gaceta de Salamanca

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