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En el país de los ciegos…

Mañana es el día D. Un día en el que podrán cambiar los destinos de EEUU o no. A juicio de casi todos los opinadores –por no decir de todos- Hillary Clinton debe ganar las elecciones, casi como mal menor. O lo que es lo mismo, ella no es una mujer que le guste ni a las mujeres, que deberían celebrar incluso con más ahínco la posibilidad de que una mujer llegara, por fin, a la Casa Blanca, ni en general a sus propios seguidores. Casi es más un hombre disfrazado de mujer que una mujer, además de haber ocultado, dicho eufemísticamente y haber mentido, sobre diversos asuntos. Así que no no despierta pasiones. Sin embargo, muchos votarán con la nariz tapada a la esposa del ex presidente Clinton. Aunque su curriculum sea valioso, está claro que su gestión lo ha desmerecido a ojos de muchos; pero eso ahora da igual. La misión de los votantes es salvar al país más poderoso del mundo y, por lo tanto, de alguna manera, al mundo también, casi de la destrucción, o  lo que es lo mismo, del malvado Donald Trump. No lo digo con ironía. Trump representa al malvado característico. Un abusador, pega mujeres –física o psicológicamente-, un tipo sin empatía salvo con los que son clavados a él, en el color de piel y en el estatus, un personaje dispuesto a cargarse de un plumazo a todas las almas que han hecho posible que EEUU sea lo que es y, aún peor, un político que dista mucho de ser democrático y que ya anuncia que no respetará los resultados si no le favorecen. Con todos estos argumentos –que solo son unos pocos-, no se entiende que haya quien le vaya a votar. Y sin embargo, en la carrera presidencial los números han ido ajustados ¿a qué se debe?  Pues a que mucha gente vive con miedo. Sí. Con miedo. En el mundo privilegiado, los que forman la espuma de los días, los que están por encima de las cosas tienen miedo, aunque no lo parezca a que sus prebendas se terminen si el mundo se vuelve más redondo…, pero los que acaban de conseguir, qué sé yo, cualquier cosa, los ansiados papeles, por fin la nacionalidad, o cualquier otra cosa sienten que si alguien tiene la misma suerte que ellos es posible que acabe con la suya. Por eso, aunque suene a chiste, hay hispanos, ya americanos, que respaldan a Trump. Y emigrantes reconvertidos, o incluso afroamericanos o mujeres que le miran y piensan que él, con su mano dura, puede librarles del caos económico, del terrorismo o del poder de otras potencias. Así las cosas ¿quién ganará?En el país de los ciegos, dicen, el tuerto es el rey. Así que, por Dios, que gane Hillary que no es que sea la panacea, pero sí mejor que Trump.

 

La Gaceta de Salamanca

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