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Melania

No me gusta Trump. Ni su discurso, ni sus formas, ni su prepotencia ni tantas cosas obvias que parecen haber provocado, sin embargo, un afección norteamericana, tras el descrédito internacional de la vieja política plagada de gentil hipocresía. No me gusta Trump, aunque estoy deseosa de cambiar de criterio si es que el poder, por una vez, aporta cordura en vez de corromper y conduce al presidente de los EEUU a un camino de esperanza. No es que crea que vaya a suceder, pero es mi carta a los Reyes Magos ahora que Trump no es una probabilidad sino una certeza.  Como el magnate  no debe ser tonto  –talento se les supone a los empresarios de éxito- igual hace como Kennedy, o antes que él, su referente de leyenda, el Rey Arturo, y sienta a su mesa redonda perfectos caballeros capaces de conducir su Camelot particular a la grandeza. Todo es posible. De momento, antes de saber si contará con hombres buenos y capaces a su lado, ya sabemos que le respalda una familia numerosa y reconstruida y que le acompaña una beldad indiscutible: Melania. La divina Melania, tercera esposa de Trump, ocupará su lugar como primera dama de los EEUU no sin el previo ruido mediático al que ya está acostumbrada. O al menos, a los focos, que han deslumbrado sus gatunos ojos azules en mil y una ocasiones, para trasladar su físico espectacular a diversas portadas y otras páginas de todo tipo de  publicaciones, con más o menos ropa o con ninguna. Que nadie se eche las manos a la cabeza. Era modelo, así que lo raro hubiera sido lo contrario. Seguro que eso será lo que más destaquen los comunicadores, pero Melania, eslovaca de nacimiento y, por lo tanto, primera esposa de presidente norteamericano no nacida en los EEUU, además  habla esloveno, serbio, inglés, francés y alemán, estudió Diseño, es aficionada al arte  -como Jackie Kennedy- y, sin duda, todo un icono de estilo.  Con retoques evidentes  -muy bien realizados, todo hay que decirlo- y un pasado, digamos original, la esposa de Trump ha alcanzado los 46 años convertida en la perfecta madre y esposa americana, a la sombra de su marido, 24 años mayor que ella –un tipo de amor distinto- y dedicada a la crianza de su hijo Barron y a acompañar en sociedad a su Donald.  Su perfil, estéticamente glorioso, pero personalmente agitado, es perfecto para que apunten a él todos los dardos. Sin embargo, a lo mejor es ella, que sabe de inmigración y otros sinsabores, quien contiene los impulsos de Trump. Nunca se sabe. Cherchez la femme.

La Gaceta de Salamanca

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