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Imprescindible solidaridad

No diré a cuantas personas  he visto luchar con desesperación por avanzar, aunque sea un milímetro, en la investigación de las enfermedades raras que padecen sus hijos, pero me vale el ejemplo de mi compañera y amiga Isabel Gemio. Conozco a Isabel hace muchísimos años. Es una estupenda profesional y una mujer de carácter, que mantiene sus principios tal y como ella cree que debe hacerlo. Hace más de 15 años, a uno de sus hijos, a Gustavo, le diagnosticaron una distrofia muscular degenerativa. Aunque ahora se sepa que Gustavo es el hijo que Isabel adoptó y Diego el que luego engendró con su ex pareja, Nilo Manrique, cuando se le detectó la dolencia, Isabel mantuvo en secreto quién de los dos la padecía, para que no hubiera ningún tipo de diferencia entre ambos niños. Desde que Isabel se enfrentó al problema de Gustavo, las enfermedades raras y el sufrimiento de quienes las padecen y de sus allegados han estado entre las obligaciones que se autoimpuso Isabel. Ella no quería luchar solo por su hijo, sino por todos los hijos y todos los padres que se encontraban en una situación similar. Por eso, el caso Nadia le ha hecho tanto daño como para llorar en el plató de Antena 3. Y sus lágrimas no eran solo las suyas, si no las de todos los padres y madres cuyos hijos atraviesan ese camino torturante, en el que ellos les acompañan conteniendo su dolor.   Son las otras víctimas de Fernando Blanco y Marga Garau, a las que alguien podrá mirar con recelo y desconfianza tras este caso y en quienes tenemos que pensar si la indignación nos hace dudar, siquiera un segundo,  sobre nuestra imprescindible solidaridad.

La Razón

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