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La chica rumana

Tenía 26 años y era rumana. Llegó a España tratando de mejorar su suerte y acabó, como tantas chicas presas de la necesidad, en un burdel. Al menos estaba en una tierra más cálida, desde la que  vería el sol todos los días, tras las noches tristes e infinitas donde debería olvidarse de ella misma y de tantos sueños, todos rotos. Sin embargo, hasta la soleada Málaga llora. Y Estepona lo hizo con ganas. Tanto, que cayeron más de 80 litros por metro cuadrado del cielo.  La chica ni se dio cuenta de que, al otro lado de ese sórdido universo nocturno suyo, la tromba de agua iba trepando por los edificios. Ella estaba en el sótano del burdel, donde dormía,  cuando se percató de que había agua por todas partes. Alarmada de no ver ese sol benéfico que vino a buscar junto con la suerte y la esperanza a España, comprobó, además, que el nivel del agua continuaba subiendo a toda velocidad y llamó a los servicios de emergencia para pedir auxilio. Mientras llegaban tratando de que el otrora precioso líquido no la cercase del todo, se subió a la barra del burdel e intentó alcanzar una ventana por la que salir, pero no consiguió abrirla. Estaba atrapada. Al poco, llegaron los bomberos y la policía y forzaron la puerta de la entrada…, pero la chica ya estaba muerta. Lo más terrible de esta historia, más allá del miedo que debió pasar la joven es su mala suerte. El azar es tan caprichoso que a veces se ceba con los más desfavorecidos y no les concede ni una minúscula oportunidad de ver la luz tras la oscuridad. Me apena pensar en las ilusiones de esta joven que ya jamás se cumplirán, que murieron un poco, con toda seguridad, cuando la alternativa de supervivencia se redujo a trabajar en un burdel, y que acabaron pereciendo ahogadas por unas lluvias torrenciales en el mismo lugar a donde ella llegó buscando el sol.

Así es la vida de malévola e injusta. Decide quién y cuándo debe desaparecer, sin dejar rastro, por siempre jamás, sin haberle dado la más mínima oportunidad para disfrutar de la existencia. Las leyes de la naturaleza son inexplicables y solo las creencias palian a duras penas el dolor que supone saber que uno ha de aceptar lo que le señale el destino sin poder quejarse o siendo consciente de que hacerlo no servirá de nada.

La chica muerta en Estepona, insisto, tenía 26 años, era rumana y trabajaba en un burdel. Ya está. No sabemos ni su nombre. Y dentro de poco no quedará rastro de su paso por España. Ni por la vida. El agua se lo habrá llevado todo.

La Gaceta de Salamanca

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