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El derecho al olvido

Hace unos cuantos meses, el pasado mayo si no me falla la memoria, una sentencia del tribunal de Justicia resolvía el “derecho al olvido” ante Google. Cientos de miles de afectados, que encontraban en las páginas de Google tantas noticias falsas publicadas u otras que correspondían a un tiempo pasado y que lo único que hacían era dañar su imagen presente, empezaron a respirar y a pensar que el tiempo de ordenar la nuevas tecnologías por fin empezaba a atisbarse. Los datos falsos u obsoletos y sin relevancia pública que continuaban en Internet y pretendían quedarse para siempre jamás podrían por fin eliminarse, lo que permitiría descansar a sus dueños, permanentemente acechados por una injusta espada de Damocles. Sin embargo, pasados los meses, la cosa se complica. Si en mayo se pensó que con mirar a Google España y reclamar como correspondía el asunto podría zanjarse en un cierto tiempo  ahora parece que esta posibilidad ha dejado de existir o, al menos, que entrañará una enorme dificultad, porque, según el Supremo, no será Google Spain quien deberá reaccionar al derecho al olvido, sino Google inc. No es que se cuestione que exista el derecho, sino que se traslada la responsabilidad a la más alta instancia de la empresa. Y, si antes “las cosas de palacio iban despacio”, imagínense ahora que la distancia a reclamar ha aumentado de manera considerable. El asunto pasará por formularios y todo lo demás, a kilómetros y kilómetros,a a ser contestado, vaya usted a saber cuándo.

Así las cosas y más allá de las falsedades, y tergiversaciones que aparecen, sobre todo en prensas digitales, redes y demás, de las que los protagonistas no son más que meras víctimas, que tendrán que sufrir un poco más, conviene que nos acostumbremos a refrenar nuestros impulsos antes de escribir una sola letra en Facebook, twitter, Instagram, etc, o, si me apuran incluso en una carta al director. Teniendo en cuenta que cualquier cosa que aparezca sobre nosotros, podrá utilizarse en nuestra contra (recortada, corregida o manipulada), por los siglos de los siglos, merece la pena que, al menos en lo que nosotros tengamos control, seamos lo más cautelosos que nos sea posible. Y, sobre todo, que advirtamos a nuestros hijos de que lo que hoy quieren que se recuerde, es posible que no les guste que no se olvide mañana. Y que tal vez cuando estén deseando que tal cosa desaparezca,  que se borre de la memoria colectiva por completo,  puede ser que  no lo consigan o al menos no con la premura que desean o necesitan.

 

La Gaceta de Salamanca

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