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Los derechos de una niña

No sé si han reparado ustedes en el caso de la niña de tres años, apuñalada por su padre, el ex recluso Stylianos Messinezis, pareja de la etarra Sara Majarenas. Además del horror y la incomprensión  inevitables al escuchar el relato de un padre clavándole un puñal en la espalda a su propia hija –que por cierto, por fortuna no ha muerto, aunque permanece ingresada en cuidados intensivos del Hospital La Fe de Valencia, y estable, dentro de la gravedad-, la historia, no sé a ustedes, pero a mí, me invita, cuando menos, a la reflexión. Sobre todo  porque, estos padres “amantísimos”, que se conocieron en la cárcel, “condenaron” a su hija a vivir encerrada al menos hasta los tres años. La menor pasó por cuatro cárceles distintas acompañando a su madre en su condena. Ambas vivían en un módulo especial para madres, tal y como prevé la Ley, hasta que la niña cumpliera los tres años, momento en el cual tendría que abandonar la prisión y pasar a vivir con su padre, ya libre tras haber cumplido su propia pena por asuntos de drogas. Al parecer, el desencadenante de la furia del progenitor pudo ser que los padres de su pareja, que viven en San Sebastián, le expresaron sus deseos de pedir la custodia de la niña. Y él, simplemente, no lo soportó y en vez de enfrentarse a sus “suegros” o tirarse al río, ahogó su frustración en la sangre casi mortal de su propia hija. Pienso en esa niña “encarcelada” desde que nació, sin haber cometido delito alguno, y casi asesinada al salir de la prisión, y no puedo dejar de plantearme que esta sociedad es muy contradictoria. ¿Cuántas pruebas se les hacen a los padres que quieren adoptar a un niño? ¿Y no se les hace ninguna a unos padres que pretenden traer al mundo a una niña que deberá ver la vida los primeros años de su existencia tras los barrotes y luego compartirla fuera con uno de sus progenitores, seguramente demasiado familiarizado con la violencia tras su paso por la cárcel? La Generalitat Valenciana ha anunciado que asumirá la tutela de la niña y que estudiará qué recurso de acogimiento es el más adecuado. Y supongo que habla de “acogimiento” porque pretende otorgar su custodia de nuevo a sus progenitores algún día… Esos mismos progenitores –permítanme que no les llame “padres”- que la concibieron sabiendo que viviría enjaulada los primeros años de su vida. Y al menos, uno de ellos, capaz de matarla, como respuesta a su propia frustración. Ya sé, ya sé…, los derechos de los presos…, pero ¿y los de la niña?

 

La Gaceta de Salamanca

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