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Morir de amor

A Debbie Reynolds, madre de Carrie Fisher, se le rompió el corazón tras la muerte de su hija. Es cierto que la causa de su fallecimiento no fue un fallo cardiaco sino un derrame cerebral, pero el corazón está en todas partes -a veces en el propio corazón, otras en la cabeza y algunas incluso entre las piernas-, y sea cual sea su ubicación, siempre mata de lo mismo: de pena.  Parece que el asunto, más allá de lo romántico y discutible, tiene su base científica en el síndrome del corazón roto o miocardiopatía de Takot-Tsubo, cuyos síntomas recuerdan al infarto de miocardio, solo que en vez de provocarlo una obstrucción de las venas, lo hace una parada en seco del miembro vital.  “Se le rompió el corazón de tanto usarlo”, prafraseando la canción. De tanto querer y de la pena de no poder seguir queriendo más que al recuerdo. Dicen los expertos que las mujeres tenemos más riesgo de este mal, por aquello, supongo, de que lloramos más y juramos sentir más la penas; pero, francamente, no lo creo. No solo hay más viudas que viudos, sino que yo he visto con mis ojos extinguirse a hombres remachos tras apagarse la luz de su vida, que no era otra sino su mujer. Morir de pena le puede pasar a cualquiera que ame mucho y que sea dependiente de su amor. Por eso hay más de uno por ahí que dice eso de “cuidadito con tan pernicioso sentimiento”; pero puestos a elegir, no hay nada mejor que vivir intensamente y, si hay que morir, hacerlo de la misma manera. Y no encuentro ninguna otra más intensa que morir de amor.

La Razón

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