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Nadia y su mala suerte

Los niños no eligen nacer y tampoco el lugar en el que nacen. Vienen al mundo y ya está. Y a unos les toca lo mejor y a otros…, a otros les puede tocar la suerte de Nadia.

Si le doy a la manivela de la imaginación empiezo a especular sobre el inicio de las turbiedades y se me ocurre lo peor. Pero no es raro, porque toda la historia de esta peculiar familia resulta más que sospechosa. Ya saben: ella acompaña a una amiga a visitar a su novio preso y se enamora de otro recluso, con quien, cuando este abandona la prisión, contrae matrimonio y engendra a una niña, con una enfermedad rara, a la que ambos sacan un partido extraordinario a partir de una estafa. Solo con esto, la descripción no parece precisamente la de una familia feliz. ¿Recuerdan como comenzaba Tolstoi su famosísima Ana Karenina? “Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Pues esta tenía una manera de serlo sustentada en la explotación de su hija. De una niña inocente que, como todas, quería a sus padres, cómo no, porque, buenos o malos, eran los suyos.
Cuando este caso comenzó a destaparse como una olla estrés, jamás pensé que escondiera tanta porquería. Creí más bien que era un caso más de picaresca y ya. Pero me equivoqué. Está claro que esta no es una travesura de estafador de fin de semana. La urdimbre del asunto es tan complicada como para que corresponda a un plan: el de un malvado sin escrúpulos que contaba con una cómplice incondicional: su esposa. Y la víctima, está claro, era Nadia. Nadia y su mala suerte.
La Razón
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