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Prepublicación del primer capítulo de “A menos de cinco centímetros”

 

image_content_6015707_20170129005843Marzo de 2015. A partir de determinada edad, las mudanzas no solo son incómodas. También resultan crueles. Tony Roures pensaba que ya no le quedaban recuerdos físicos de sus otras vidas, pero, por lo visto, algunos estaban empeñados en acompañarlo más de lo que él deseaba. Al abrir una de las cajas de cartón que alfombraban la entrada de su nueva residencia –una guarida más, un nuevo lugar en el que refugiarse–, ese pequeño y antiguo piso en el madrileño barrio de Malasaña, desde donde, en adelante, tendría que ver pasar la vida solo, aparecieron unas cuantas fotos antiguas. En realidad, no tan antiguas. Apenas tendrían veinte años. No era tanto tiempo para quien ya ha cumplido los sesenta. Un tercio de la vida vivida. Poco menos de lo que, según las estadísticas, le quedaba por vivir.

Las fotos eran del noventa y cinco. A veces se le mezclaban las fechas de las guerras, pero esa había sido la última y no podía olvidarla por mucho que quisiera. Fue pasando las instantáneas, una tras otra, hasta que apareció aquella que recordaba con especial nitidez. En ella se veía a un niño de unos cinco o seis años, acurrucado en el suelo, tratando de protegerse con las manos y mirando con horror a otro, de unos doce, catorce como mucho, vestido de soldado, con la bota militar levantada a la altura de su cara y a punto de patearle la boca.

No era la foto más siniestra de las de ese montón. En aquella guerra, la de Sierra Leona, lo habitual era encontrarse con cientos de mutilados a cada paso. Hombres y mujeres sin un brazo, sin los dos, con muñón corto, muñón largo o incluso sin un trozo de cara o sin lengua. También niños. Incluso bebés. Todos se sometían a una especie de ruleta macabra en la que no existía opción de ganar. Cayera donde cayese la bola, convertida en el papelito del horror, que los rebeldes entregaban a los civiles al sacarlos de sus casas, la opción sería la mutilación. Solo cambiaría que la mano o el pie fueran el izquierdo o el derecho o la longitud a la que quedarían los miembros amputados con un machete o un hacha. Los más afortunados perdían solo una de sus extremidades, otros, con menos suerte, se quedaban sin dos, y algunos se convertían en un puro tronco, a merced de quien quisiera o pudiera atenderlos. Era el método del horror concreto de aquella contienda. Todas tenían el suyo. Concreto. Porque en todas cabían torturas parecidas, más o menos burdas o sofisticadas, pero en cada una se elegía una forma específica de sadismo para someter y aterrorizar. La escena podría pertenecer a cualquier guerra en la que participaran niños soldados. La cara del que iba a recibir la patada era como la de tantos críos a los que ya han maltratado antes. En su mirada se percibía la angustia del miedo conocido de quien ya ha pasado por lo mismo varias veces en su corta vida, sabe lo que sigue, y por eso lo teme más. En la del que iba a patear la cara del otro niño, una mueca feroz le robaba del rostro cualquier vestigio de una inocencia perdida poco tiempo atrás. Era un gesto de perversa impiedad, reforzado por la adrenalina de sentirse poderoso.

Los niños soldados jugaban a la guerra después de haberse hecho mucha pupa. Y en las guerras nadie tenía alma…, pero ellos menos. Acostumbrarse al dolor volviéndose malvados era su única oportunidad de sobrevivir a la memoria. Habían visto morir a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos… Incluso habían sido obligados a torturarlos o matarlos ellos mismos. Cualquier atrocidad, por inimaginable que pareciese, era habitual en su día a día. Así que no era extraño que se transformasen en monstruos con sorprendente rapidez. Y más si se ayudaban de drogas, como el habitual blue boat y otras de diseño, con las que desaparecía el miedo a matar.

Inmediatamente después de aquella, venía otra foto. De Isabel. Llevaba puestos unos vaqueros desgastados, muy pitillo, una camiseta de tirantes anchos verde caqui y unas botas bajas de cuero marrón y suelas de goma. El pelo lacio y oscuro, con raya en medio, recogido en una trenza a mitad de espalda y los ojos más achinados, si cabe, que de costumbre, por lo forzado de su sonrisa. Estaba entre dos chicos uniformados, armados con metralletas y con cara de pocos amigos, no mucho mayores que el niño soldado. No parecía la mejor de las compañías, pero Isabel siempre sonreía. Hasta a los malos (¿acaso había buenos en las guerras?). Era su forma de neutralizarlos. Eso y su físico espectacular. Medía metro ochenta y era muy delgada –puro hueso, salvo su generoso escote–, y muy china…, aunque fuese de Toledo. Tony sostuvo las dos fotos en paralelo durante unos instantes. Parecían de dos mundos, pero eran del mismo lugar y del mismo día. Aquel en el que sucedieron tantas cosas… Al poco las rompió, y a continuación hizo lo mismo con todas las del fajo y las tiró a la papelera.

Se sentó sobre una de las cajas de mudanza aún sin abrir, encendió un cigarrillo, inhaló el humo, lo dejó un buen rato en los pulmones y luego lo exhaló lentamente, con los ojos cerrados, mientras se apretaba con fuerza el arranque de la nariz, bajo el entrecejo, con los dedos índice y pulgar, como queriendo extirpar de allí mismo todos esos pesados recuerdos, que aumentaban su recurrente dolor de cabeza. Sacó una Neocibalena del bolsillo de su camisa y caminó hasta la cocina para buscar un poco de agua con la que tragarse la pastilla.

Justo en ese momento sonó el teléfono.

–Tony Roures –dijo el detective con voz cansada al contestar.

–¿Ya estás en tu nueva «mansión»? –preguntó una voz al otro lado del aparato.

Roures sonrió al reconocer en ella a uno de los pocos amigos que conservaba, el inspector Prieto.

–Tú lo has dicho, Paco. Una auténtica mansión…

–Venga, no te desmorones, que has vivido en peores pocilgas. Además, quién no ha pasado por un divorcio o dos… Si no lo sabes tú, que has llevado más casos de cuernos que nadie…

–Tienes razón –aceptó Roures con cínica resignación–. En realidad, que me los pusieran a mí era solo cuestión de tiempo.

–No te llamo para que te compadezcas, amigo, sino para hablarte de trabajo. Te acabo de mandar el resumen del informe de un asesinato que se produjo en Buenos Aires hace un año. En el hotel Alvear. Uno de esos de ricachones, de arañas de cristal y alfombras mullidas, ya sabes. La hija de la fallecida está en Madrid y busca un detective de aquí que pueda hacerse cargo del caso. Según ella, aunque nadie lo ha demostrado, el asesino es un escritor español.

Tony dio una calada a su cigarrillo, exhaló el humo con ganas y tosió varias veces, como casi siempre que fumaba.

–¿Qué escritor? ¿Alguno conocido? –preguntó, sin demasiado interés.

–¿Estás sentado? Ya supongo que sí. Y por lo que oigo, fumando como de costumbre. ¿Cuándo dejarás el puto tabaco? Acabará matándote… –Prieto hizo una pausa deliberada para darle mayor interés a su discurso y luego dijo con mucha parsimonia, pronunciando cada sílaba separada de la siguiente–: Ar-man-do Ar-ti-gas. –Hizo una nueva pausa y prosiguió–: ¿Qué te parece? Dice que el asesino de su madre es Armando Artigas…

–¿Artigas? –repuso Tony, sin alterar el tono, pese a la sorpresa–. ¿El de «Solo hay una alternativa»?

–Bueno, a mí me gustó más El engaño… –apuntó Prieto–. Pero sí. El mismo. Nuestro escritor más guaperas, internacional y millonario, al que «aman» todas las señoras, incluida la mía… –El policía hizo una pausa más–. ¿A que te va divirtiendo más el caso?

Roures guardó silencio un instante. No era frecuente que un personaje público fuera acusado de asesinato, pero menos uno como aquel, todo un referente, sin más tacha que la de hacer exactamente lo que le daba la gana. Podía permitírselo. Tenía una legión de seguidores en el mundo entero, una moral social impecable, de la que dejaba constancia en sus tan vehementes como calculados artículos y en sus incendiarias intervenciones en las redes sociales, y una fortuna sorprendente en un escritor español.

–¿Cuántos años tiene la chica? –preguntó Roures.

–Treinta.

–O sea que su madre no era una pipiola. No será entonces un asunto de bragueta. Y yo ya no trabajo otra cosa.

–Bragueta y muerte, Tony. Y no te hagas el difícil. Es un caso de los que te gustan. Abre el ordenador y, cuando hayas leído ese resumen del informe policial que te he mandado, me llamas. ¿Acaso tienes algo mejor que hacer?

Roures colgó. Prieto tenía razón. Un mes de inactividad como duelo de un abandono era más que suficiente. Buscó entre sus cajas la que contenía el ordenador, lo sacó y lo conectó en el enchufe que tenía más a mano. Antes de tratar de encontrar el informe, revisó su móvil hasta localizar la canción de Jerry García, «Love scene», de la película «Zabriskie Point», de Antonioni, y la puso bien alta. Mientras escuchaba llorar a la guitarra de ese maestro de Grateful Dead, sentado ahora en el suelo, rodeado de todas esas cajas llenas de pasado, tecleó en el portátil y abrió el documento que le mandaba su amigo.

«Para: Tony Roures

De: Paco Prieto

Asunto: Asesinato en Buenos Aires

Larisa Korovin. Rusa. Sesenta y cinco años. Casada. Una hija. Residente en Buenos Aires. Falleció en su habitación del hotel Alvear, la noche del 1 de marzo de 2014. La muerte se produjo por asfixia. El ahogamiento se realizó con la almohada de la cama de la víctima, donde se encontraron restos de su saliva. El cadáver fue hallado desnudo y con marcas en las muñecas. No había más huellas de violencia en la habitación, ni se encontraron rastros de ADN o huellas de otras personas. No se halló tampoco ni el bolso ni el celular de la muerta.

NOTAS

La fallecida acudió al hotel la noche del crimen. Asistió a la presentación del libro del escritor español Armando Artigas –había un ejemplar sobre la mesilla de noche–. Él fue la última persona con quien se la vio hablar. Los investigadores bonaerenses, tras interrogar al escritor, descartaron su participación en el crimen. El caso se cerró seis meses después de la muerte, sin ninguna nueva pista. La teoría que se dio por válida fue la de que el móvil fue el robo y que el asesinato pudo ser perpetrado por cualquier ladrón de oficio, de los que trabajan de manera habitual y con mucha frecuencia en los hoteles de la ciudad.

¿Qué te parece, amigo Roures?

Aquí tienes el teléfono de la hija de la muerta. Está esperando que la llames.

Katia Kohen Korovin. Tel.: 00 54 9 11 45 67 24.

Una trama de engaño y seducción

Hombres duros, con el alma corroída por el dolor y los recuerdos, y mujeres capaces de hacerte sentir seguro al filo mismo de un abismo. Marta Robles ha escrito una novela con frases que hacen sangrar y diálogos fríos y cínicos que preludian el alma de los personajes. «Cuanto más cerca se está de las cosas y las personas, mayor riesgo se corre. Y es un riesgo tanto físico como emocional», comenta.Con esta obra, cargada de sexo, de tramas y de subtramas, la autora se ha acercado a los límites de la crudeza. La periodista se adentra en el género negro con un detective herido, Tony Roures, que arrastra una conciencia repleta de fantasmas, y un escritor sobre el que pesa la sombra de varios asesinatos. «Supongo que lo más peligroso de un novelista es que es capaz de vivir varias vidas distintas, incluso la mentira. Que el mío tenga éxito, dinero e influencia, que sea guapo y tan cínico como para relacionarse sólo con mujeres casadas, lo convierte en un tipo diferente e inquietante». En sus páginas hay engaño, mentiras. seducción y «mucho sexo, sí, porque el sexo mueve la vida. A veces incluso más que el amor. Y es cierto que hay de muchas clases. Pero en cada una de las maneras en las que se produce se esconden distintos factores. A veces se somete con el sexo y se recalca la propiedad. Otras veces, gracias a él, se vive la vida que se quiere vivir. En ocasiones, cuando es producto de un engaño, casi supone un reto… que puede costar muy caro. También puede ser, simple y llanamente, una consecuencia del amor».

La Razón

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