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¿De qué color es la piel de Dios?

La piel es nuestra tarjeta de visita. Nos distingue más que nuestra mirada o nuestro acento. Por ella nos reconocen los nuestros y nos rechazan quienes no lo son. ¿Tanta importancia tiene el color de la piel? ¿Tanto une o separa como para que haya científicos y artistas dedicados a estudiarlo y a encontrar un color universal que nos unifique en este mundo enfrentado por sus pluralidades? Cuando yo tenía cinco o seis años, el grupo musical Up with the People (para nosotros Viva la gente) publicó una canción en castellano titulada “¿De qué color es la piel de Dios?” Hoy, al leer sobre este experimento dermatológico/artístico/científico, no he podido evitar recordar la letra que nos enseñaron en el colegio y contestarme a la pregunta, a través de la respuesta que un padre le daba a su hijo: “Dije negra, amarilla, roja y blanca es. Todos son iguales a los ojos de Dios”. La contestación musical del progenitor fue intachable, pero hay que decir que su contenido parece tener más que ver con su buena intención que con la realidad. Lo cierto es que las pieles han diferenciado a las personas desde el inicio de los tiempos. Y aunque en el mundo moderno a los blancos nos haya dado por broncearnos, el preservar la blancura y claridad de la epidermis ha sido una constante a la hora de  distinguir clases, castas, categorías o como a cada cual le diera por llamar al asunto de la separación social. No parece extraña la respuesta del niño ante esa respuesta multicolor relativa a la piel del Altísimo “¿Por qué luchar a causa del color, si somos iguales a los ojos de Dios?”

 

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