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Detrás de los números

Vivimos en una sociedad enferma con unas estadísticas pavorosas respecto a las muertes por violencia machista. Cifras increíbles que, sumadas año tras año, dan un total de víctimas mayor que el del terrorismo. De todas esas mujeres asesinadas que esconden los números, muchas continuaban viviendo con su agresor, compartiendo el pan y la sal, siendo pareja…De ellas, muy pocas, apenas un 21 por ciento, había denunciado… Y la pregunta es ¿por qué? La respuesta tiene varias caras:  la dependencia económica, la emocional, la social, la vergüenza, la falta de confianza en la Justicia y, sobre todo, siempre, el miedo. Miedo al qué dirán, a que no sirva de nada, a las represalias, a la venganza… El fracaso que supone que, en todos estos años de viaje contra la violencia machista no solo no hayamos  conseguido erradicarla sino que, tampoco hayamos logrado que la mayoría de las mujeres que la sufren se planteen, si quiera, denunciar es enorme. ¿Qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Dónde está el error de los esfuerzos comunes y de las campañas? ¿Acaso es un problema sin solución? ¿O tal vez requiere más solidaridad? Porque debo recordar que, ni la contundencia numérica de la sangre vertida sirve para que algunos, en vez de invitarnos a todos a perseverar en la lucha contra la violencia machista, se empeñen en señalar denuncias falsas… ¿Saben cuántas son? Un 0,4 por ciento. De 800 mujeres muertas, serían 3,2. Los números son implacables. Pero  ni siquiera sirven para que aquellos que quieren seguir culpabilizando a las mujeres de cualquier cosa no insistan en priorizar el problema de  los hombres afectados. Y hay que atenderlos por igual… Pero, por suerte, son menos y casi nunca resultan muertos.

La Razón

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