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La Borrero

Paloma ha muerto. Así, de pronto. Casi sin avisar. En un par de semanas. Menos quizás. El tiempo es indefinido cuando se le adjudica a una persona que se va. Que se ha ido. Que ya no está. Anteayer, en cuanto se supo la noticia, en un instante, empezaron a llover llamadas. Lágrimas telefónicas incontenibles, a millares ,por la dolorosa pérdida de la Borrero. Pionera de todo en el oficio de contar, maestra en la vida, reivindicadora de cualquier causa justa sin alzar la voz ni dañar a nadie, Paloma había decidido irse sin hacer ruido. O, mejor dicho, lo habían decidido en ese mismo  Cielo suyo, donde tantas veces le hicieron caso, rondando el milagro, para incontables asuntos. No era rara su influencia: siempre tuvo vía directa a través de su corresponsalía en el Vaticano o de sus amistades papales; así que era normal que atendieran muchas de sus súplicas, siempre cargadas de razón. Esta vez, en cambio, por más que argumentase que 82 años no eran nada, que aún le quedaba mirada verde para rato, aunque la repentina enfermedad se la hubiera teñido de amarillo, y que necesitaba seguir viendo y reportando para ayudar a los demás, el Jefe zanjó la discusión, diciéndole que la necesitan arriba. Y Paloma, disciplinada siempre, pese a la rebeldía, aceptó de buen grado y se marchó. Y los que la tuvimos cerca en los últimos tiempos y la apremiábamos para que dejara el hospital y compartiera un nuevo gintonic y su valentía y su humor y su generosidad, nos quedamos desolados. En el Cielo, entretanto, todo era algarabía de mesa de Amigas y Conocidas,  mientras se adelantaban las casetas de la feria, para celebrar su llegada…

La Razón

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