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Un corazón distinto

Carme Chacón tenía 46 años. Solo 46. Y un hijo de 8. Y muchos amigos de distintos ámbitos. Los tenía en la política, cuya primera línea abandonó, para volverse a la militancia y no perder las convicciones. Los tenía en el mundo de Derecho, de todas las clases, abogados, jueces, fiscales y docentes, con los que compartía, departía y se mostraba siempre como fue: clara y directa, sin perder el punto de mira, ni tampoco el sentido del humor. Y los tenía también en el ámbito de la comunicación, donde muchos enemigos de sus tiempos más arriesgados, cuando tuvo a bien romper algunos protocolos establecidos para las mujeres en los espacios más masculinos la dieron “per devant y per derrere”, que dirían en su Cataluña natal. Carme era catalana, aunque también charnega, española y universal.  Y una mujer con una decisión admirable. Tanto como para ser capaz de vivir la vida sabiendo que se la jugaba a cada instante, por esa cardiopatía suya, pero sin permitirle a sus pulsaciones que le marcaran el ritmo. O lo que es lo mismo: apostó por vivir con total y absoluta intensidad, pese al corazón del revés que le había correspondido en el reparto  y a la limitación de tiempo que le suponía. Yo habría hecho lo mismo. O habría querido hacerlo, que no significa que me hubiese atrevido. La valentía de vivir a veces nos lleva al borde de la temeridad. A asomarnos al abismo de puntillas. Carme vivió con ese punto de osadía constante del que solo ella era consciente. Probablemente ni siquiera los cercanos recordábamos –al menos no a todas horas- que su vida pendía más de un hilo que las otras. Ella había logrado que todos los suyos lo olvidaran, con esa sonrisa permanente, una voluntad a prueba de bomba y una coherencia difícil de encontrar en estos tiempo de vaivenes constantes. Yo, que no me siento devota de Zapatero y que no le encontré las virtudes a su era, creo que lo mejor de su gestión fue ella, Carme, una mujer que le plantó cara a su destino, que vivió sus 46 años como si le quedaran otros 46 por vivir y que repartió lealtad allá por donde pasó. Lealtad política, personal y de amistad. Habrá a quien le guste más o menos lo que hizo o dejó de hacer. Pero nadie negará que obró con la cabeza lúcida, con fidelidad total a sus principios, y poniendo todo ese corazón suyo dado la vuelta. Vivió de una manera tan consecuente, en lo político y en lo personal,  que lo único que siento es que haya muerto sola, y quedarme con la duda de si la compañía hubiese podido retrasar su muerte. Por lo demás, vivió como quiso y, sobre todo como le parecía que tenía que vivir. Y ni yo ni muchos la olvidaremos. Ni a ella, ni a su sonrisa, ni a su corazón distinto.

La Gaceta de Salamanca

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