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Inmortalidad

Ahora que andamos a vueltas con el asunto de la criopreservación me da por pensar que el ser humano lleva empeñado desde siempre en eso de la inmortalidad, y que yo debo ser poco humana, porque no me divertiría nada estar aquí o allá para siempre jamás. El misterio de la vida es más misterio por la propia muerte y en estos días en los que la ciencia empieza a insinuar, tímidamente, que se atisba la posibilidad de que los seres humanos no mueran, no puedo evitar reflexionar sobre la belleza de lo efímero. Una belleza, además, que parte de la imperfección, de lo distinto, de lo que muta y acaba dejando de ser. Al paso que va la humanidad, en el mundo privilegiado, en unos cuantos años, todos seremos iguales: muy guapos, muy sanos y tan desocupados como para que vivir se vuelta tan tedioso que sea preciso desarrollar un modelo en el que cada cual tenga una competencia para evitar las atrocidades que provoca el aburrimiento. Los niños se fabricarán a la medida y  sin imperfecciones. Y serán eternos.  Y hasta es posible que se invente un cigarrillo que no sea nocivo para la salud, que ya nadie querrá fumar.  Un mundo perfecto, feliz, que diría Aldoux Huxley,  donde la vida de los seres humanos, inagotable, esté perfectamente controlada… En fin, puede pasar. No me interesa. Mientras algunos piensan en congelarse y sobrevivir a los suyos, a sus afectos y a sus miedos, yo solo quiero vivir con intensidad el tiempo que me ha tocado. Y disfrutar de que todo acaba por terminarse. Como el helado del más delicado sabor. Imagínense mordisqueando uno que no se acabara nunca…

La Razón

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