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Dudas espantosas

El caso de Pedro Luis Gallego pone de manifiesto una pregunta reiterada: ¿es posible rehabilitar a un violador? Gallego, después de sus primeras violaciones fue ingresado en un centro psiquiátrico a principios de los años 90. Cuando le consideraron “curado” le dejaron libre. Y fue entonces cuando, además de violar a Marta Obregón y a Leticia Lebrato, las apuñaló salvajemente hasta la muerte. Hasta ahí, su currículo criminal era el de trece violaciones más las dos anteriormente mencionadas. Le condenaron a 273 años de cárcel, que quedaron reducidos a 21, con la Doctrina Parot. Así fue como un día, sin haberse sometido siquiera a terapias para agresores sexuales en prisión, salió de la cárcel, como si fuera un ciudadano más, perfectamente capaz de relacionarse con los otros… Poco tiempo después, Gallardo, el que en sus primeras fechorías fuera conocido como el “violador del ascensor”, pasó a convertirse en “el violador de la Paz”. Dos intentos de violación y dos violaciones consumadas pusieron a la policía sobre aviso. Al final, Pedro Luis Gallego fue detenido, cuarenta años después de aquel día en el que la policía se lo llevara convenientemente esposado a la penitenciaria. Mientras las familias de las asesinadas reviven el dolor de la pérdida de sus hijas y el resto de las agredidas recuerdan una vez más –las violaciones jamás se olvidan- el infierno que este violador les hizo sufrir, en el aire queda las dudas más espantosas. Esas para las que el sistema no tiene respuesta. ¿Cómo manejar los “derechos” de un violador “incurable”? ¿Y los de sus víctimas y a los de una sociedad indefensa, ante la obligación de liberar a quien jamás se recupera de su “mal”?

La Razón

 

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