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Esto no te lo esperabas, Donald.

Hablo de Trump, claro. Y no precisamente del supuesto romance de su mujer -la tan admirada como denostada Melania-  con un jefe de seguridad de Tiffany, sino de un asunto que creo que debe importarle mucho más.

Sí,  porque parece que ahora va a a tener que enfrentarse a una demanda por aceptar pagos de gobiernos extranjeros. O sea que no se trata de una cuestión menor.

Dos fiscales generales, el de Maryland y el de Washington, están decididos a denunciar al presidente de EEUU por vulnerar, supuestamente, la cláusula anticorrupción de la Constitución. Y los fiscales no son enemigos pequeños a los que sacar de la foto de un empujón…

Imagino, por el perfil del personaje, que esto no se lo esperaría. Lo de su mujer, si es que es cierto, tal vez, porque dicen las lenguas de doble filo que entre ellos no hay más que un contrato millonario que expira el mismo día en el que Trump abandone la Casa blanca; pero sospecho que Trump se creía tan invulnerable como para que nadie se atreviera a tirar de otro tipo de trapos sucios más serios, como este en el que los fiscales han puesto el foco… Y sin embargo, ahí está el tema, ocupando las portadas de los periódicos. De nada le ha servido al magnate del sector inmobiliario –del que, por cierto ha sido incapaz de desvincularse- ser el primer presidente que se ha negado a hacer pública su declaración fiscal. Es más, ese gesto se ha vuelto en su contra. Tanto ,como para que ya sean muchos los que andan rastreando todos sus comportamientos, para analizarlos  hasta el último detalle. Estoy convencida de que, a estas alturas, Trump empieza a darse cuenta de que, como presidente de los EEUU,no puede hacer exactamente lo que le da la gana.Y si aún no se ha convencido es importante  que,  las fiscalías y la ley norteamericana, se lo dejen meridianamente claro y revisen todo lo que ataña a sus negocios con minuciosidad extrema. Igual haciéndolo acaban por encontrar no solo una colisión en la ley al no haberse desvinculado de sus negocios  como exige la Constitución, para impedir que sus altos cargos no puedan aceptar emolumentos de gobiernos extranjeros,  sino también el resquicio necesario para poder moverle de su asiento –cosa que nos gustaría a muchos-, o al menos para que frene en tantas de las actitudes descabelladas que nos pueden costar muy caras al mundo entero, como las relativas al medioambiente, sin ir más lejos.

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